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En las cercanías de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, hay una fuente que desde hace siglos recoge el agua del cerro adyacente a través de diversas conducciones subterráneas y la canaliza hasta ella, donde la gente del lugar acudía para abastecerse.

De orígenes islámicos, rodeada de restos de distintos pueblos antiguos que habitaron estos lares, ya en 1599 aparece citada en las Actas Capitulares acordándose su reparo, y en 1690 el Cabildo Municipal acuerda hacer la fuente de piedra, para lo que contrata al cantero de Morón Antonio Gil.

A lo largo del siglo XVIII, se continúan diversas reformas debido a la pérdida de suministro y a defectos en las conducciones y en 1787 se le dota de una escalera y un paso hecho de rosca para evitar los daños del público a la construcción. A fines de la citada centuria, se puso en marcha un proyecto general de conducción de las aguas potables a la villa para solucionar los problemas de abastecimiento.

Como en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras llenas de historia siguen manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; características de un territorio que dieron el nombre a este maravilloso lugar del mundo que es Fuentes de Andalucía.

martes, 6 de agosto de 2013

TERRAEMOTUS FACTUS EST MAGNUS. I NOVEMBRIS 1755

El sábado 1 de noviembre de 1755, fiesta de Todos los Santos, la península ibérica se estremeció y sufrió una de sus mayores catástrofes naturales que, por sus repercusiones humanas, urbanísticas, sociales, políticas y hasta científicas, es considerado uno de los desastres naturales más significativos de la historia.
Debido a que fue en la ciudad de Lisboa donde ocasionó los mayores daños, a causa sobre todo del incendio que se generó, este gran seísmo ha venido a denominarse como el terremoto de Lisboa, a pesar de estar situado su epicentro en el océano Atlántico a una distancia de varios cientos de kilómetros, concretamente al suroeste del Cabo de San Vicente.
El seísmo se sintió en gran parte de Europa occidental y norte de África, provocando efectos devastadores en Portugal y zonas de España y Marruecos, así como originó un tsunami que llegó hasta las costas de Inglaterra.
Según los datos que se desprenden del Catastro llamado de Ensenada, cuya información fue recopilada en 1751, a mediados del siglo XVIII la villa de Fuentes, de carácter eminentemente agrícola, contaba con una población aproximada de 4.500 personas y el casco urbano se componía de 944 casas cubiertas, 721 de teja y 223 de palma, 32 de las cuales se encontraban inhabilitadas o arruinadas [1].
El núcleo poblacional no quedó exento de sufrir el magno seísmo, el cual no llegó a quebrar el auge económico del siglo XVIII que experimentaba la villa, y a pesar de los escasísimos datos que se poseen, importantes edificios de su arquitectura quedaron maltrechos y tuvieron que ser intervenidos, tales como la Iglesia Parroquial y el Pósito, y hasta demolidos y reconstruidos de nueva fábrica, como el caso particular del Ayuntamiento. 



La bonanza antes citada permitió que los graves efectos del terremoto fueran subsanados a lo largo de la segunda mitad de la centuria suponiendo una pletórica y postrera floración barroca, como queda patente en el caserío fontaniego. Circunstancias que provocaron  la intervención activa de los afamados alarifes locales Ruiz Florindo, sobre todo Alonso (1722-1786). 
Aunque no solo resultaron dañados edificios significativos, sino también construcciones comunes como unas casas que la fábrica parroquial disponía en la calle del Entendimiento, y que parte de las mismas tuvieron que ser derribadas y reconstruidas por los efectos del terremoto [2].  
La información específica del suceso relativa a Fuentes es prácticamente nula, sobre todo por la laguna documental que existe en el Archivo Histórico Municipal, con la ausencia total de actas capitulares entre los años 1749 y 1764. 
Los datos que poseemos son relativos a las reconstrucciones llevadas a cabo con posterioridad, a la que unimos un texto escrito en la propia pared –alusivo al terremoto– localizado durante el último año en el proceso de restauración de la Iglesia Parroquial Santa María la Blanca en el interior del propio templo y a la que aludiremos más adelante.   
En cuanto a víctimas, estimamos que no pereció ningún fontaniego, ya que no consta como tal en los libros sacramentales del Archivo Parroquial. Del mismo modo, y a pesar del seísmo, el mismo uno de Noviembre de 1755 se celebraron en el templo mayor cuatro bautismos y dos enlaces matrimoniales, así como los sacramentos se sucedieron en los días siguientes, lo que nos lleva a estimar que los daños, aunque importantes, no afectaron a la funcionalidad esencial del templo. 
Aunque no relativos directamente a Fuentes, sí podemos acercarnos a una aproximación de lo ocurrido pues existen descripciones del seísmo de las localidades vecinas de Carmona, La Campana, Écija y Marchena. Información que procede del informe que el rey Fernando VI ordenó redactar al gobernador del Supremo Consejo de Castilla. 
Para realizar tan magna encuesta se elaboró un cuestionario de ocho preguntas dirigido a las personas de «mayor razón» de las capitales y pueblos de cierta importancia, y con sus respuestas tener una idea más acertada de la incidencia del terremoto en el reino. Se recibieron respuestas de 1.273 localidades, advirtiéndose en algunas de ellas carencias importantes de información, exageraciones o imprecisiones, y cuya documentación se conserva en el Archivo Histórico Nacional [3].
De La Campana, que reproducimos por su cercanía geográfica a Fuentes, cuenta la crónica que, «(…) habiendo amanecido sereno el expresado día, cálido éste, y sin percibirse viento, con alguna neblina, que confundía algo la luz del Sol, condensándose más aquella, a la hora de las diez de su mañana, tuvo principio el temblor, que duró más de diez minutos, habiendo pausado en el intermedio su furor, como de los que hasta concluirse fuese más fuerte, manifestándose haberse sentido crudísimo estruendo como de numeroso carruaje, que venía de Poniente, subsiguiendo con prontitud los violentos y extraños movimientos de la tierra que pulsaba hacia arriba,
así sus edificios, como toda clase de vivientes, de manera que, según se cimbraban aquellos, y bagueaban [sic] estos, parecía desplomarse cada uno en su sitio (…)». Resultó dañada considerablemente la Iglesia Parroquial, con la caída del último cuerpo de la torre y el ático del retablo mayor, así como tuvieron que apuntalarse 94 casas y 4 fueron declaradas en ruina.  
Retomando de nuevo los daños en las edificaciones fontaniegas, se tiene constancia de cómo el maestro mayor de obras del Arzobispado Tomás Zambrano reconoció el dañado templo de Santa María la Blanca, declarando las obras que eran necesarias ejecutar así como reconociendo las realizadas de urgencia, presupuestándolas en un coste total de 15.000 reales de vellón. 
El provisor dictó el embargo de las «cuartas partes de diezmos y la cuarta parte del pan» para costear las obras, nombrando administrador al mayordomo de la fábrica parroquial, el presbítero Sebastián Ruiz Ibáñez, y director de las mismas al alarife local Alonso Ruiz Florindo [4].  
Las obras de consolidación del edificio se realizaron en 1756, en las que Alonso invirtió la mayor parte de los 15.000 reales que costó la reforma total. Posteriormente, entre 1756 y 1757, remató la inacabada torre, sobre fuste antiguo, que había perdido como consecuencia del movimiento sísmico el remate proyectado en la década de 1740 por el maestro mayor de obras arzobispal José Rodríguez.
Es durante las obras de 1756 cuando Alonso deja constancia escrita “in situ” de su participación en la rehabilitación de Santa María la Blanca. Una inscripción que ha salido a la luz al retirar el encalado de la clave [5] del arco que comunica la nave central del templo con el presbiterio, y que en adelante quedará a la luz tras haber sido intervenido preventivamente por el conservador-restaurador de la obra, Antonio Gamero Osuna. 



Se diferencian dos letreros. Uno en la propia clave, en mayúsculas y de mayor entidad, que expresa: 
TERRAEM(OTUS)
FACT(U)S E(ST)
MAGNUS
I.NOV(EMBRIS).AN(NI)
MDCCLV
y otra a ambas lados, a lápiz de grafito y escritura más común a modo de firma: A la izquierda «Alonso Ruiz», y la derecha «Florindo»
Si ya en esta misma publicación, hace ahora un año, aportábamos la hipótesis de cómo Alonso Ruiz Florindo había querido dejar firmada ocultamente su intervención en la obra de la torre de Santa María la Blanca por medio del descompuesto azulejo de San Florián, en este caso, y realizada con anterioridad a la obra de la torre, Alonso firmó de su propio puño y letra su activa participación en la consolidación del templo mayor tras el azote del terremoto de 1755. 
Una rúbrica que disponía junto a la inscriptio principal, que traducida del latín al español viene a decir: HUBO UN GRAN TERREMOTO EL 1 DE NOVIEMBRE DEL AÑO 1755.
Para la traducción hemos recurrido a Profesor Dr. Ángel C. Urbán Fernández, fontaniego, doctor en Filología Clásica, sección de Filología Bíblica Trinlingüe, catedrático de Filología Griega, y director del Dpto. de Ciencias de la Antigüedad y Edad Media de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba [6].
El profesor Urbán Fernández nos aporta, eruditamente, cómo la frase terraemotus factus est magnus, es la expresión literal que encontramos repetidas veces en la traducción latina de la Biblia de san Jerónimo, llamada la Vulgata, siempre, menos en un caso, con el mismo orden de palabras, y que a su vez es la traducción literal de la expresión en griego, con el mismísimo orden de palabras que ha transcrito el latín. Es el cliché literario que se encuentra tal cual en los textos del Evangelio de Mateo (Mt 28,2), en los Hechos de los Apóstoles (Hch 16,26), y tres veces en el Apocalipsis (Ap 6,12. Ap 16,18. y Ap 11,13., ésta última con una insignificante variante en el orden de las palabras).
Alonso Ruiz Florindo, posiblemente por indicación del vicario u otro clérigo de la nómina de eclesiásticos de la Iglesia Parroquial, procedió a realizar la pintura de la frase, recurriendo al texto bíblico para expresar el acontecimiento producido aquel primero de Noviembre de 1755 y que debió conmover a la población de tal forma que lo calificó de «magnus», violento, grande, asociándolo así a la expresión bíblica que en todos los casos reviste características notables, sobre todo si tenemos presente los textos del Apocalipsis. El terror de aquellos fontaniegos de mediados del XVIII debió ser inmenso, apocalíptico.   
Tal como se ha citado anteriormente, otro de los edificios públicos que resultaron gravemente dañados fue el propio Ayuntamiento, que llegó a quedar inaccesible y tuvo que ser levantado de nueva planta. 
En 1763, los maestros Alonso Ruiz Florindo, de nuevo, y Andrés de Carmona, alarifes de albañilería y carpintería de la villa, recibieron de don Lope Fernández de Peñaranda, que a la sazón ocupaba interinamente el puesto de corregidor, el encargo de elaborar un primer proyecto en planta y alzado de unas nuevas casas capitulares [7]. 
Dos años más tarde, en sesión celebrada el 15 de marzo de 1765, por acuerdo municipal se adopta de nuevo «la fábrica de las Casas Capiturales, que fueron arruinadas en el año 1755 por el terremoto (…)» [8], instando al Asistente e Intendente General de Sevilla remita el proyecto al Consejo de Castilla, que lo recibe en 1766 y encargó la supervisión del expediente a su arquitecto, Ventura Rodríguez. Éste, como no podía ser de otra manera, desestimó la propuesta. El proyecto enviado mostraba un abarrocado concepto arquitectónico, lo cual era por completo opuesto a la arquitectura entonces desarrollada por Ventura Rodríguez. 
Finalmente las obras se ejecutaron con trazas -de carácter neoclásicas- y condiciones constructivas de Ventura Rodríguez, firmándose en 1768 el contrato de la obra, que dirigió Alonso Ruiz Florindo ayudado por su hermano Cristóbal y cuyo coste ascendió a 68.000 reales, alargándose su construcción hasta 1772 [9]. 
El nuevo edificio fue construido sobre el solar resultando del derribo del maltrecho consistorio y el de una casa colindante adquirida, propiedad de los hermanos Andrés y Miguel de Carmona Tamariz, vecinos de Alba de Tornes, la cual fue valorada en 11.000 reales, a pagar la mitad por los contratistas, por aprovechamiento de los materiales del derribo que ascendía a la misma cantidad [10].  




NOTAS:
1) ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE FUENTES DE ANDALUCÍA. Libro 93. Contribución Única. Respuestas Generales, 3 de julio de 1751. 
2) (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro de Cuentas de Fábrica de 1752. Folio 102. 
3) MARTÍNEZ SOLARES, J. M.  Los efectos en España del terremoto de Lisboa (1 de Noviembre de 1755). Madrid: Ministerio de Fomento, 2001.
4) A.P.F. Libro de Cuentas de Fábrica de 1752. Folios 108-112. 
5) Piedra con que se cierra el arco o bóveda.
6) Muestro públicamente mi gratitud al profesor D. Ángel Urbán por su erudita aportación para este trabajo. 
7) OLLERO LOBATO, Francisco y QUILES GARCÍA, Fernando. Fuentes de Andalucía y la arquitectura barroca de los Ruiz Florindo. Sevilla: Caja San Fernando, 1997. 
8) CERRO RAMÍREZ, Jesús. La villa de Fuentes (1578-1800). Fuentes de Andalucía: Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2011. Pág. 302. 
9) SANCHO CORBACHO, Antonio.  «Juan y Alonso Ruiz Florindo arquitectos del siglo XVIII en Fuentes de Andalucía». Archivo Español de Arte 59: 333–345. Madrid, 1943. 
10) ARCHIVO DE PROTOCOLOS NOTARIALES DE ÉCIJA. Sección Fuentes. T. Pérez de Olmos. 1767-1769. Fols. 82-84 v; 1768-XII-1.

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