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En las cercanías de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, hay una fuente que desde hace siglos recoge el agua del cerro adyacente a través de diversas conducciones subterráneas y la canaliza hasta ella, donde la gente del lugar acudía para abastecerse.

De orígenes islámicos, rodeada de restos de distintos pueblos antiguos que habitaron estos lares, ya en 1599 aparece citada en las Actas Capitulares acordándose su reparo, y en 1690 el Cabildo Municipal acuerda hacer la fuente de piedra, para lo que contrata al cantero de Morón Antonio Gil.

A lo largo del siglo XVIII, se continúan diversas reformas debido a la pérdida de suministro y a defectos en las conducciones y en 1787 se le dota de una escalera y un paso hecho de rosca para evitar los daños del público a la construcción. A fines de la citada centuria, se puso en marcha un proyecto general de conducción de las aguas potables a la villa para solucionar los problemas de abastecimiento.

Como en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras llenas de historia siguen manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; características de un territorio que dieron el nombre a este maravilloso lugar del mundo que es Fuentes de Andalucía.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Y OTRA VEZ LLEGÓ LA FERIA...



A Teresa, que vivirá sus primeras tardes de albero
y noches de luces con farolillos por cielo.


Lejos quedan aquellas «Fiestas de la Ermita» de antaño, de tratantes y ganado, de luminarias, fantoches y fuegos de artificio. Aquellas ferias, para muchos de mucho mirar y poco gastar, en las que el silencio de la mañana lo rompía un soniquete en «diana floreada» que se perdía por las calles y rebuznos y relinches resonaban por las cercanías del Postigo. 
Aquellas ferias donde las viandas venían de la despensa de casa, de croquetas, filetitos empanados, jamón del blanco, picos, choricito y –si el año era bueno– hasta gambas; de sillas de palo en atardecer septembrino y de gigantes y cabezudos, expectación de todos y pánico de algunos.
Ferias de güitoma y carrusel de caballitos, de noria, cunitas, látigo y coches-locos; de bombillas de colores y un trocito de coco o de turrón, de fotos en el caballito de cartón, tardes de toros, «tablao de la música»… y un sinfín de indescriptibles sensaciones, hoy irrepetibles.
Cada uno cuenta la feria como le va, pero para muchos, cuando esa palabra sinónimo de diversión y alegría sale a la palestra en su intelecto, no visualiza la feria de este año, ni del anterior, ni del otro; se queda con una feria que, aunque no puede fijar su fecha, sí puede recordar sus olores, colores y diversiones. Brotan a la memoria en verdadera tromba esos recuerdos que en cada una de ellas se apoderó de nosotros de manera que sigue viva y rebosante.
Hablar de la feria, hoy, no es hablar de la feria del ayer. Aún cuando su emplazamiento  no ha cambiado en el tiempo y se mantienen una serie de elementos comunes en la fiesta, la feria reciente, ni sus hábitos y sus costumbres, es la feria de antes. Ni mejor ni peor, simplemente es otra feria, fruto del desarrollo del tiempo y los cambios en la sociedad, de los ritmos de vida, aunque no por ello se ha de trabajar para mantener la idiosincrasia de una fiesta que es historia más que centenaria de un pueblo.  
Centurias de vida la avalan, con su origen en aquellas primitivas celebraciones en torno a la Ermita de San Francisco con motivo de las fiestas con las que la Cofradía de Consolación honraba a su Titular, elevada en 1890 por el ente municipal a la categoría de Feria con «compraventa de ganado y cambio de  caballerías»,  hasta que en 1948 pasa oficialmente de «Fiestas de la Ermita» a «Feria y Fiestas de Fuentes de Andalucía» revitalizándose el mercado de ganados.
Para un fontaniego, hablar de la feria resulta fácil, siempre hay mil historias que contar, anécdotas que recordar con una sonrisa en la boca. Es la feria y sus sensaciones, una fiesta que se reinventa cada año.
Ferias de hoy, y de ayer. Ferias de la infancia, en las que casi dormitando, llegabas a casa, supongo que disfrutando lo vivido o soñando con el día siguiente. Ferias de la adolescencia, de salir por primera vez solo con los amigos para ir a los coches locos, de los primeros besos, las primeras copas… y más tarde, la feria con el primer hijo o de los primeros nietos. 
Y es que la feria es eso: vivir sensaciones nuevas… y revivir las pasadas. Porque lejos
de lo que es una tradición de siglos, lejos de sus cientos de luces, lejos de las miles de personas que se dan cita para pasarlo bien, la Feria es algo más… algo difícil de explicar que se sustancia en pulsaciones más rápidas, sonrisa más abierta y, a veces, una lágrima fácil… Sensaciones al fin y al cabo.
La Feria de Fuentes la hacemos sus gentes. Es única e irrepetible, está viva y nos hace sentir el latido de las emociones humanas. Cada uno la diseña y la vive a su manera, en la libertad de sus más diversas opciones. La de la mañana –que cambiaste por sueño en tu adolescencia y retomas cuando llegan a tu vida los hijos–, la del mediodía, la de la tarde, la de noche, la de las claras del día, la de casetas de amigos, la del que se acaba de ir y la del dile que he venido. Así es la Feria, plural y diferente aunque todos la vivamos bajo el mismo cielo de bombillas y farolillos, aunque los zapatos se embadurnen con el mismo albero.
Es alegría y papelillos, diversión, churros, reencuentro, música y cacharritos. Una copita, albero, baile, caballos, jamón, risas, pescaíto, sevillana, cucaña y rifa del cochino. Es Postigo y arco, mediodía de calor, claritas del día, volantes y llanto de un niño, tronar de fin, luz de comienzo y mano en el talle. «¡Una vez más, papá!» ,enea, manzanilla, tómbola, astado de fuego y pesca de patos, el turronero en la resaca, burros en pista, el que se pone pezao’ y miraditas. Es flor de papel, gitana guapa, lonas de rayas y chiquillería endomingada. Es… es la Feria. Es mi Feria.
Y otra vez llegó. ¡Es Feria, fontaniegos! ¡Al Postigo! ¡A disfrutar! 

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