La gastronomía tradicional forma parte de la cultura de los pueblos y determinados sabores nos recuerdan nuestros orígenes, nos une como comunidad y nos trae hermosos recuerdos, evocando valores y estilos de vida, convirtiéndose en un elemento de identidad y autenticidad.
La vinculación de la fiesta y el dulce queda visiblemente exteriorizada al atardecer del Domingo de Piñata, cuando se celebra el pasacalles del entornao, con una reproducción del dulce en madera y cartón de grandes dimensiones, en el que agrupaciones, máscaras, disfraces y el pueblo en general discurren por la calle principal de Fuentes de Andalucía –la Carrera– hasta el recinto ferial acompañando al entornao, donde este es quemado simbolizando el final de la fiesta.
Y si hay dos cosas que tienen en común la práctica totalidad de las fiestas populares, son la música y la comida. Los festejos –más acentuado aún en las zonas rurales– son la mejor ocasión para recordar sonidos y sabores de siempre. La gastronomía tradicional acerca a varias generaciones y se convierte en el centro de la mayoría de las fiestas populares del mundo, asociando generalmente una determinada fiesta con un sabor concreto. De este modo, el Carnaval de Fuentes de Andalucía está íntimamente ligado a un aroma, el de un dulce típico local y a su vez el producto manufacturado fontaniego por excelencia, y este es el entornao.
Un manjar anaranjado en forma de empanadilla rellena que tiene su germen en el último tercio del siglo XIX, cuya receta procede de la bisabuela gallega y el bisabuelo francés del confitero local –ya jubilado– Rafael Fernández.
Su origen se encuentra en una especie de empanada salada que allá por 1880 derivó en la actual receta familiar. Pero, como no podía ser de otro modo, la fórmula ha ido de mano en mano por la localidad y, cuando llegan cada año las vísperas del Jueves Lardero, son muchos los vecinos que se reúnen para prepararlos en casa, con el objetivo de degustarlos en la copiosa comida que se celebra en el campo o a lo largo de los días de carnaval.
Harina de trigo, azúcar, aceite de oliva, pimentón dulce molido –que es el secreto para tan peculiar color anaranjando–, clavo, matalahúva, sal, cáscara de naranja, agua templada y levadura de pan son los ingredientes básicos para la masa, que una vez mezclada y completamente homogénea se «embolicha», es decir, se van haciendo bolas con un peso determinado, que una vez extendidas con un rodillo y conseguida la forma circular, se le añade el relleno, una mezcla de azúcar, ajonjolí y canela. El siguiente paso es doblar por la mitad la masa circular, formando una especie de semicírculo o empanadilla, que tras unir ambos lados con la yema de un dedo, hace que el relleno se mantenga en el interior del entornao. Tras su fermentación y horneado, el producto está listo para su degustación.
A pesar de que su consumo aumenta considerablemente en los días de carnaval, este dulce de olor, sabor y color tan propios, se puede encontrar en la actualidad en cualquier momento del año en las pastelerías y confiterías de la localidad.

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