SOBRE EL NOMBRE DEL BLOG

A medio cuarto de legua de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, se alza una fuente que, desde hace siglos, fue el principal abastecimiento para la «manutenzión del común de estte vesindario», cuyo caudal se nutre de un ingenioso sistema subterráneo de captación y conducción de aguas. Rodeada de vestigios de los distintos pueblos que habitaron estos lares, la fuente aparece citada ya en 1599 en las Actas Capitulares, donde se acordaba «su reparo». Décadas después, en 1690, el Cabildo Municipal dispuso que fuera labrada en piedra. Durante el siglo XVIII, varios miembros de la saga de alarifes Ruiz Florindo, célebres por su huella en la arquitectura barroca de Andalucía occidental, intervinieron en la fuente y su sistema hidráulico. Al igual que en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras cargadas de memoria e historia, continúan manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; rasgos de un territorio que dieron el nombre a este singular lugar del mundo que es Fuentes, de Andalucía. Como el agua que fluye de esta fuente, es mi intención que de este blog mane un caudal inagotable de historia y patrimonio fontaniego.
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jueves, 16 de octubre de 2025

TRAS LA OBRA, EL HOMBRE: PONIENDO ROSTRO A ALONSO RUIZ FLORINDO. Tres siglos después, la IA nos permite mirar a los ojos al genio del barroco fontaniego.

La figura de Alonso Ruiz Florindo es ampliamente reconocida por la ciudadanía fontaniega, siendo considerado el miembro más sobresaliente y de mayor personalidad de una dilatada saga de maestros de obras y alarifes de la construcción, cuya actividad se extendió en Fuentes de Andalucía a lo largo del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Un prestigio que se cimenta en la fecunda obra que legó, dotada de una fastuosa riqueza ornamental, en la que se hace patente su magistral dominio del ladrillo de barro cocido —cortado y tallado— y de la sublime decoración con yeserías en interiores. La producción de Alonso ejerció una clara influencia en la configuración estilística del barroco tardío en Andalucía occidental, con la creación de un estilo propio y característico, estrechamente vinculado a su linaje.

Nacido en Fuentes en 1722, Alonso se formó en el seno de una familia dedicada al ámbito constructivo. Desde la infancia fue instruido por su padre y su abuelo en las técnicas de la albañilería y en el trabajo del ladrillo, recibiendo además la probable influencia de su suegro, el maestro carpintero Andrés de Carmona. A diferencia de sus ascendientes, Alonso accedió a fuentes escritas que enriquecieron su formación. En su testamento se mencionan diversos libros técnicos, entre ellos un ejemplar en lengua francesa y el célebre tratado de Tosca, lo que evidencia su interés por integrar la práctica artesanal con el conocimiento teórico.

El aprendizaje práctico en su juventud, junto a su progenitor, lo llevó a participar en proyectos de relevancia local, tales como la fachada de la iglesia de San José de los mercedarios descalzos, la capilla de la Aurora o la casa situada en la calle de la Carrera, nº 1, esquina a la calle del Convento, propiedad de la familia Fernández de Peñaranda.

Recreación de la obra de la fachada del convento mercedario descalzo de San José,
erigida durante la adolescencia de Alonso bajo la dirección de su padre. 


En 1743, con veinte años, contrajo matrimonio con María Rosa de Carmona, instalándose en una vivienda de su propiedad situada en la calle Huerta, esquina a Guijarrosa (actual calle Estrella). Ello pone de manifiesto tanto su independencia económica como su progresiva emancipación profesional respecto a su padre, aunque no sería hasta 1750 cuando accediera formalmente al examen gremial que le otorgaba plena capacidad como maestro de obras, y en cuyo hecho centraremos nuestra atención en este artículo. 

Alarife y maestro de obras: dos categorías distintas
El uso de los términos maestro y alarife, en lo concerniente a la familia Ruiz Florindo, no siempre se han venido usando con rigurosidad, incluso en la propia calle que la familia tiene dedicada en el centro histórico fontaniego aparece de manera errónea, en la forma «Maestros Alarifes Ruiz Florindo».

La documentación histórica muestra que el término alarife, de origen árabe (al-‘arif, «el que reconoce»), se utilizaba para designar al perito público encargado de supervisar y dictaminar sobre determinadas obras. Covarrubias, en su obra Tesoro de la lengua castellana (1611), lo definía como «sabio en las obras mecánicas, juez de albañilería», mientras que el Diccionario de Autoridades (1726) lo entendía como «maestro aprobado para reconocer, apreciar o dirigir las obras que pertenecen a la Arquitectura».

En cambio, el maestro de obras era el responsable técnico de la ejecución material de los edificios, con capacidad para organizar a los oficiales, dirigir el proceso constructivo y contratar con instituciones o particulares.

De esta distinción se deduce que la expresión «maestro alarife» resulta inadecuada, en tanto combina dos categorías conceptualmente diferenciadas: por un lado, el alarife, entendido como cargo de naturaleza pública y función pericial; y, por otro, el maestro de obras, vinculado a la ejecución material y a la dirección práctica de la construcción. En el ámbito local, correspondía al cabildo municipal fontaniego la designación de los alarifes —ya fueran de albañilería o de carpintería—, eligiendo para dicho oficio a un maestro previamente reconocido por su capacitación y experiencia.
 
El examen de maestro de obras en Sevilla (1750)
En el siglo XVIII, los albañiles de la villa Fuentes carecían de un gremio propio, lo que obligaba a quienes aspiraban a obtener el título de maestro de obras a desplazarse a Sevilla. Allí, el tribunal del oficio, evaluaba a los candidatos y autorizaba el ejercicio de la profesión dentro del marco jurisdiccional del reino. Esta circunstancia diferenciaba a Fuentes de localidades de mayor rango, como Écija o Carmona, que sí contaban con una estructura gremial establecida.

En la fecha que nos ocupa —mediados del siglo XVIII—, en Fuentes ejercían siete maestros albañiles y cuatro oficiales, todos ellos insertos en un sistema de transmisión del oficio basado fundamentalmente en el ámbito familiar. La familia Ruiz Florindo constituye un ejemplo significativo de este modelo: Juan Ruiz Florindo instruyó a sus hijos Alonso, Cristóbal y Juan; posteriormente, Alonso formó a su hermano Antonio y a sus propios hijos, Alonso el menor y Lorenzo, entre otros, perpetuando así una tradición artesanal que garantizaba la continuidad de la saga. Este tipo de formación, centrada en la práctica directa y en la experiencia acumulada en las obras, respondía a un modelo de aprendizaje eminentemente presencial y directo.


Alonso Ruiz Florindo, en el centro, ante el tribunal que lo examinó
para la obtención de la maestría de obras. 


En este contexto, el 16 de agosto de 1750, y con veintisiete años de edad, Alonso Ruiz Florindo se presentó en Sevilla para someterse al examen gremial que lo habilitaría legalmente como maestro de obras. La prueba exigía acreditar tanto conocimientos teóricos como prácticos, a través de la resolución de problemas de trazado, la elaboración de diseños y la demostración de destrezas técnicas vinculadas al quehacer constructivo.

La superación de esta prueba otorgó a Alonso la plena capacidad para firmar proyectos y dirigir obras, lo que marcó el inicio de una trayectoria de notable proyección que lo consolidó como el maestro de obras más relevante de Fuentes de Andalucía, extendiendo posteriormente su actividad a otras zonas y localidades del entorno geográfico. Su carrera profesional se vio acompañada de un proceso de consolidación económica, favorecido por una creciente participación en negocios mercantiles e inmobiliarios, muchos de ellos vinculados a las iniciativas previamente emprendidas por su padre.
 
¿Y cómo era físicamente Alonso?
El acta del examen gremial de Alonso Ruiz Florindo, conservada en el Archivo Municipal de Sevilla, ofrece un valioso testimonio sobre el proceso de legitimación profesional de los maestros de obras en la segunda mitad del siglo XVIII. La ceremonia tuvo lugar en la capilla de San Andrés, sede del gremio de albañilería, en presencia de dos veedores alarifes y dos examinadores del oficio. En su declaración, Alonso se identificó como natural y vecino de Fuentes, hijo del maestro de albañilería Juan Ruiz Florindo, del que testifica haber aprendido el oficio, y de Marina del Corral, y de estado casado. Así mismo hace constar que es reside en Fuentes por encontrarse trabajando en la dicha villa.

El documento proporciona, además, una descripción física inusualmente detallada: «de buen cuerpo, blanco de rostro, pelo rubio corto y demuestra ser torpe de oído», lo que constituye un rasgo excepcional en este tipo de actas. Tras ser interrogado sobre cuestiones propias del oficio y demostrar con regla y compás su dominio del trazado geométrico y constructivo, se le examinó en las distintas ramas de la albañilería —«tosca, limpia y cañerías»—, resultando aprobado y recibiendo «poder y facultad para ejercer en esta ciudad como en las demás y villas y lugares de estos reinos y señoríos».  

La descripción física incluida en el acta resulta especialmente valiosa, ya que nos acerca de forma directa a la imagen personal de Alonso Ruiz Florindo en el momento de su examen, cuando contaba con veintisiete años. Este tipo de detalles son poco frecuentes en la documentación gremial y permiten humanizar a figuras que, en la mayoría de los casos, conocemos únicamente a través de sus obras. A partir de estas referencias, hoy sería posible recurrir a medios actuales, como la recreación mediante inteligencia artificial, para intentar una aproximación visual a su posible aspecto físico. Aunque tales representaciones no dejan de ser hipotéticas, constituyen una herramienta sugerente para acercar la historia al presente y facilitar la divulgación del legado de personajes como Alonso.

A los rasgos físicos anteriormente citados debe añadirse también la referencia contenida en el acta: «el qual es como de hedad de veinte y dos a veinte y quatro años». Este dato resulta especialmente significativo, pues indica que Alonso aparentaba ser más joven de lo que en realidad era, dado que en la fecha del examen estaba a dos meses de cumplir veintiocho años.

Sea como fuere, y aunque no podamos ir más allá de la hipótesis, esta descripción física —reforzada con la posibilidad de recreaciones actuales mediante inteligencia artificial— nos permite, al menos de manera aproximada, esbozar una imagen personal de Alonso Ruiz Florindo, otorgando mayor cercanía y humanidad a una figura que conocemos esencialmente por su obra y por los testimonios escritos.


Arriba, propuesta de recreación del aspecto físico de Alonso Ruiz Florindo,
en 1750, a los 27 años, obtenida mediante un modelo de inteligencia artificial.
Abajo, imagen hiperrealista generada con inteligencia artificial que
represente a Alonso Ruiz Florindo. 

Francis J. González Fernández
Cronista oficial de la villa de Fuentes de Andalucía


Ref. bibliográfica: GÓNZALEZ FERNÁNDEZ, Francis J. Tras la obra, el hombre: poniendo rostro a Alonso Ruiz Florindo. En Fuentes Cultural. Revista de información cultural, turística y de ocio de Fuentes de Andalucía. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Excmo. Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2025, núm. 8, págs. 23-27.


viernes, 16 de mayo de 2025

LA NOCHE DEL FUEGO. En el bicentenario de la pérdida del retablo del Señor de la Humildad de Fuentes de Andalucía. 1824.

La implicación plena y absoluta de la Hermandad de la Humildad en la construcción de la nueva ermita de San Francisco –levantada entre 1751 y 1758 bajo la dirección del hermano de la cofradía Alonso Ruiz Florindo–, queda igualmente patente en la premura con la que ésta acometió la ejecución del nuevo retablo mayor para el flamante templo.  

A pesar de no ser la propietaria del inmueble, la hermandad -como usufructuaria de la misma- llegó a convertirse en la principal promotora de la ermita, asumiendo en gran medida el montante de los gastos, a cambio de lo que impuso ciertas prerrogativas a la fábrica parroquial. Así queda reflejado en el acta del cabildo celebrado por los hermanos de la Humildad el 11 de octubre de 1751, bajo la presidencia del vicario D. Sebastián Fariñas. En dicha sesión, en la que acuerdan la demolición de la vieja ermita y su reedificación, determinaron que la hermandad concurriría a los gastos en la medida de sus posibilidades y sin faltar a sus principales obligaciones, «con la prebención a q, cuando llegue el caso de fabricar dha Hermita se a de disponer su Capilla maior de forma que puedan colocarse en ella demás del titular que es el S.r S.n Franco de Asís, se an de colocar asimismo en ella el S.r de la Umildad y Paciencia, y la Virgen de Consolación y el S.r S.n Juan Bautista. Y así lo acordaron y firmaron…»

Si bien el nuevo templo –culminada la obra de albañilería– fue bendecido en septiembre de 1758, habrían de disponer a las sagradas imágenes en retablos efímeros provisionales o con piezas reaprovechadas, muy probablemente procedentes del primitivo templo. En la data de 1758 consta cómo se le abonó al maestro carpintero Hermenegildo Pérez 511 reales por las puertas de la calle y 368 por la hechura del púlpito y el «aliño del retablo del Señor». Asimismo, consta los apuntes de 150 reales por poner el retablo del Señor y 500 de trabajos sobre el mismo. 

Todo ello no sería más que una circunstancia temporal, pues una vez instalada en el nuevo edificio la cofradía emprendió inmediatamente la ejecución del retablo mayor, como queda patente en la relación de gastos que hace el mayordomo Bartolomé Ruiz, que entre el 20 de octubre de 1758 y el 8 de diciembre de 1762 desembolsa la cantidad de 4.500 reales por la hechura del retablo del Señor de la Humildad, a la sazón, el mayor de la nueva ermita de San Francisco. 

Al igual que se hiciera durante los años de la obra, para poder afrontar estos gastos extraordinarios la hermandad pidió donativos repetidamente, casa a casa, a los fontaniegos de la época, cuyas aportaciones más cuantiosas quedan claramente asentadas en la documentación archivada; prueba de ello son los 94 reales recogidos por el devoto Francisco Fernández en agosto de 1759 o los 200 que en febrero de 1769 se juntó para el dorado del retablo. 

Y es que, culminada la producción y talla del retablo, este fue instalado a falta de su dorado, cuyo proceso fue prolongado y no exento de problemas, hasta el punto de tener que recurrir a la justicia a denunciar los incumplimientos por parte del dorador, que estaba faltando a los compromisos adquiridos con la cofradía. 

Esa lentitud del proceso queda demostrada en los abonos realizados por la entidad contratante. Entre en 1778 y 1781 el mayordomo de la cofradía Andrés Ruiz desembolsó 1.100 reales en una «primera partida del dorado del retablo», seguidamente 1.800 al maestro dorador y 400 de «reunir» el retablo. En 1782 se pagan 4.000 reales, 2.300 al año siguiente y en 1785 otras pequeñas cantidades, año en el que comienzan los problemas con el dorador por incumplir su trabajo; habiendo que esperar hasta septiembre de 1786 para que la justicia dictaminara en favor de la cofradía de la Humildad, obligando al maestro dorador a costear los trabajos pendientes para culminar el retablo en cuestión, que muy probablemente se ejecutaron con celeridad.

A pesar de encontrarse incompleto –y en espera de la resolución judicial antes citada–, el 9 de agosto de 1785 «se colocó» al Señor de la Humildad en el nuevo retablo mayor y al día siguiente se celebró la fiesta por tal hecho con misa cantada y la asistencia de todo el clero de la villa.

Rematado el dorado, la disposición y empeño de la hermandad en su compromiso con seguir engrandeciendo el templo no cesó, y en 1788 emprenden la construcción de una nueva sacristía y un camarín del Señor tras la hornacina principal del retablo mayor: «seis mes de marzo de dicho anño en el Nombre del Sr y su madre Santisma se principio unaobra la dicha hermandad que se iso una Sacristia Nueva sacada de simientos y un Camarín donde se halla colocado Nuestro Amante el Sr del Humildad […] fue su maestro Juan Ruiz Florindo»; otro de los Florindos –hermano de Alonso– muy implicado en la vida y gobierno de la hermandad. 

El nuevo camarín para el Señor, del que un inventario de 1803 especifica que su cúpula se hallaba «tallada y dorada», fue culminado en cuestión de meses, por lo que el 6 de diciembre del mismo año 1788 se colocó al Señor en el mismo, de manera festiva y solemnemente con «Te Deum y miserere».

De este modo, la cofradía veía culminado el magno proyecto de la capilla mayor de la ermita, cuyo retablo, según describe el inventario patrimonial antes citado, ocupaba toda la capilla, en madera dorada, y estaba presidido en el centro por Nuestro Padre Señor de la Humildad sobre una urna o peana dorada en la cual había dos efigies pequeñas de la Dolorosa y San Pedro, ambas de talla y doradas, mientras que 16 angelitos con los atributos de la Pasión jalonaban la citada peana. Para engalanar al Señor había un dosel de terciopelo carmesí galoneado de oro y pendiente de 4 varas de hierro doradas que se apoyaban sobre la urna. Por otra parte, un velo de damasco carmesí cubría el hueco del camarín, que a esta fecha –por lo que de la documentación se desprende– no estaba al culto. En la parte superior del retablo se situaba una imagen de San Francisco, mientras que a los lados del Señor aparecían las de San Fernando a la izquierda y San Bartolomé a la derecha. Las tres efigies de cuerpo casi natural eran de talla y estofadas con perfiles de oro.

El siglo XVIII había supuesto para la primitiva cofradía de Ntra. Sra. de Consolación su consolidación en la piedad popular fontaniega en su doble condición de hermandad de gloria y penitencial. Una fortaleza que queda patente en el primer tercio del siglo XIX, al tratarse de la única corporación cofradiera que se mantiene activa ininterrumpidamente en la vida religiosa de la villa. 

Llegado a este punto nos situamos en 1824. La realidad política del Trienio Liberal había dejado sin pasos en la calle a los fieles fontaniegos en las semanas santas de los años 1822, 1823 y 1824. A pesar de ello, los del barrio del Postigo habían mantenido el culto interno a sus Titulares. 

De este modo, en el mes de septiembre de 1824 se celebró la solemnidad de Nuestra Señora de Consolación, y para ello, la cofradía se enforzó en ponerlo todo a punto para los días de la fiesta, invirtiendo en cera, lejía, cal y «pellejos para limpiar la ermita», según quedó anotado en los libros de cuentas. Y como venían haciendo desde siglos atrás, el 12 de septiembre conmemoraron a su Titular letífica, cuyo coste de la ceremonia religiosa ascendió a 91 reales, más los 80 que percibió el presbítero encargado del sermón. Asimismo, se compraron bizcochos y «vino para el refresco» posterior a la misa, siguiendo la jornada festiva a lo largo del día en los puestos instalados en el barrio con motivo de la ya entonces llamada Fiesta de la Ermita. 

Pero al caer la noche, la adversidad dominó al barrio del Postigo y el toque de la campana y los gritos pusieron a la vecindad en pie. Salía humo de la ermita, y las llamas estaban devorando el retablo mayor de la iglesia. Era en torno a las 12 de la noche. A pesar del riesgo, los devotos –enarbolados de su devoción al Señor–, lograron rescatar la imagen del Cristo y sofocar las llamas, aunque el nuevo retablo quedaría prácticamente calcinado, víctima del infortunio y la hecatombe vivida.  

El desprendimiento del pabilo de una vela mal apagada sobre los paños que engalanaban el altar, había provocado tal desgracia. 

Cerrado el edificio, el Señor de la Humildad fue trasladado a la iglesia parroquial, y tuvo que ser intervenido de los daños que había sufrido, principalmente en la zona del pecho. Los alarifes de albañilería de la villa, que a la fecha eran los hermanos Juan y José Ruiz Florindo, reconocieron el edificio, y dichosamente no había sufrido ningún daño estructural, más allá de la pérdida del retablo, las consecuencias del humo y el deterioro considerable del camarín del Cristo. 

Inmediatamente, la cofradía inició los trabajos de reparación empleando en un nuevo retablo y las intervenciones acometidas en el templo la cantidad de 4.760 reales, a los que hay que sumar los 2.787 gastados en las funciones y «la encarnación del Señor»  –probablemente fuera repolicromado– y 300 en dos colchas de damasco azul para un velo y fondo del Cristo. 

Y recobrada la normalidad en la ermita –en la media de lo posible–, el domingo «6 de febrero [de 1825] sehiso una procesión para llevar al Señor de la Humildad qe. estaba en esta Parroquial desde el día 12 de septiembre del año pasado de mil ochocientos veinte y cuatro; por haverse quemado el noche del dho. dia 12 todo el retablo del altar mayor qe. era de madera. La procesión fue hecha en toda solennidad a la qe. asistió todo el clero, y las dos jurisdicciones Eclesiástica y Civil; y repique general: fue costeada por la Hermandad del Señor dela Humildad»

Días más tarde, el «24 de Febrero se hiso una funcion en la Hermita de S.n Fran.co en accion de gracias por haverse retocado la efigie del Señor de la Humildad y haverse hecho nuevo su altar, qe. fue quemado el dia 12 de Septimbre por la noche del año pasado de 1824. Asistió a dha. funcion el Clero, Beneficio, tercia, Misa y sermón y terno de 1.ª Clase»

Repuesto al culto el templo, en marzo de 1826 la hermandad acometió la obra para reformar el camarín, con objeto de revertir los daños del fuego. Para ello empleó 1.245 reales, más 25 reales en cinco fanegas de yeso, 64 en el carpintero y otros importes menores en «cal de Morón» y «jornales de blanqueo»

El nuevo retablo, escueto y sobrio, se componía de cuatro columnas de «yeso pintado con filetes dorados», tal como se describe en un inventario de 1885; en la hornacina central presidía el Señor de la Humildad y, a sus lados, dos pequeñas efigies de San Joaquín y Santa Ana, mientras que en la parte superior se situaba una escultura de talla y tamaño natural de San Francisco de Asís.

Parece ser que la cofradía no mantenía buenas relaciones con el capiller de la ermita, responsable de su cuidado y seguridad, al que responsabilizaban del fuego acaecido. Se trataba de Francisco Abad, natural y vecino de Fuentes, y que venía ejerciendo la labor de ermitaño desde 1817. En 1827, solicitó al cardenal Cienfuegos, titular de la sede hispalense, le concediese el título de ermitaño «para que nadie le pueda incomodar», puesto que en la última década había desarrollado su menester al cuidado de la ermita «con el mayor esmero y primor». 

Al concedérsele el nombramiento interino, «El rector, hermano mayor, conciliario, alcaldes y secretario de la Hermandad de N. S. De Consolación habiendo llegado a entender que se le ha despachado título o nombramiento de ermitaño a Francisco Abad, se dice que el administrador de esta ermita a nuestra solicitud lo separó de ella. No nos ha ocasionado este hombre más que desgracias y la primera fue en el año de 1824 que por su descuido su cedió un espantoso incendio en el que se quemó todo el retablo mayor estando en peligro de haberse arruinado todo el edificio y las sagradas imágenes que como por milagro por un singular arrojo de sus devotos se sacaron de entre las llamas a las 12 de la noche del día 12 de septiembre del dicho año, la hermandad se dio tanta prisa a acudir a su reparación que el 6 de febrero de 1825 se celebró la función de la renovación habiéndose gastado en el retablo mayor 6.000 reales al fin quedo todo mejorado».

Ante tal petición, el 9 de febrero de 1828 se dictó auto por parte de la autoridad eclesiástica para que se cesara en el «cargo de ermitaño a Francisco Abad dejando al cuidado a Antonio José Delgado [presbítero rector de la ermita] la elección de persona que sirva y desempeñe el mencionado cargo».

Con la llegada de las Hermanas de la Cruz, la Compañía instaló un retablo de talla solicitado al Arzobispado de Sevilla y procedente de la iglesia del Carmen, también nombrada de San Roque, del desaparecido convento de carmelitas calzados de Carmona, suprimido por José I en el primer tercio del siglo XIX. 

Tal retablo era uno de los dos en «madera de Flandes con los gruesos correspondientes al esqueleto arreglados a diseño» que los religiosos contrataran en 1772 con Francisco de Acosta «el Mayor», y que se instalaron colaterales al mayor, en el crucero del templo, cuyo coste ascendió a 15.000 reales. 

Solicitados al arzobispado de Sevilla, uno de ellos vino a Fuentes de Andalucía y su semejante a la capilla del colegio Sagrada Familia (Vedruna) de Sevilla, donde permanece.

Francis J. González Fernández
Cronista oficial de la villa de Fuentes de Andalucía


FUENTES CONSULTADAS Y BIBLIOGRAFÍA:

Archivo de la Catedral de Sevilla
· Sec. varios, Serie Priorato de Ermitas, Libro 93, Libro de la Hermandad de Ntra. Señora de Consolación. Obra de la Hermita, y cuentas de la Hermandad, siendo Mayordomo Gerónimo de Aguilar. 1753-1803.   

Archivo General del Arzobispado de Sevilla 
· FA. Sec. III. Justicia. Pleitos ordinarios. Sign. 11670.   
· Sec. Administración General, Lib. 15851, Libro para los gastos de la Hermandad de Nuestra Madre y Señora de Consolación.

Archivo de la Hermandad de Humildad de Fuentes de Andalucía 
· Libro de los cabildos de la Hermandad de Nuestra Señora de Consolación cita en la Ermita de Nuestro Padre San Franco de esta villa de Fuentes de 1732-1903.
· Libro de cuentas y data. 1803-1882.

Archivo Histórico Municipal de Fuentes de Andalucía
· Serie Actas Capitulares. Libro 15. 1824.  

Archivo Parroquial Santa María la Blanca de Fuentes de Andalucía  
· Serie Colecturía. Libro 14.
· Sección Fábrica. Serie Inventarios. Inventarios de las Iglesias de Fuentes de Andalucía, 1885.

DE LA VILLA NOGALES, Fernando y MIRA CABALLOS, Esteban. Documentos inéditos para la historia del arte en la provincia de Sevilla, siglos XVI al XVIII. Sevilla: Los autores, 1993. 

DELGADO ABOZA, Francisco Manuel. Nuevos datos sobre la Ermita de San Francisco y la Hermandad de la Humildad de Fuentes de Andalucía. Sevilla: Fundación Cruzcampo, 2000. Separata de I Simposio sobre Hermandades de Sevilla y su provincia. Págs. 163-191.

HALCÓN, Fátima; HERRERA, Francisco y RECIO, Álvaro. El Retablo Barroco Sevillano. Sevilla: Universidad de Sevilla y Fundación El Monte, 2000.


Ref. bibliográfica: GÓNZALEZ FERNÁNDEZ, Francis J. La noche del fuego. En el bicentenario de la pérdida del retablo del Señor de la Humildad de Fuentes de Andalucia. 1824. En Revista de la Semana Santa de Fuentes de Andalucía 2025. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Primitiva Hermandad de Nuestra Madre y Señora del Consolación y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Señor de la Humildad y Nuestra Señora de los Dolores, 2025, núm. 28, págs. 38-41.


jueves, 16 de mayo de 2024

LA LLEGADA DE LA PRIMERA IMAGEN DE SOR ÁNGELA DE LA CRUZ A FUENTES DE ANDALUCÍA

En Sevilla, en Fuentes y en otros muchos lugares basta con decir sor Ángela para saber de quién se habla. La popularidad de esta santa sevillana rompe moldes, sobrepasando los límites de católicos practicantes o asiduos y conocedores de la obra y el carisma que ejerce la Compañía de las Hermanas de la Cruz, una congregación religiosa fundada en la Sevilla de 1875 por Angelita Guerrero González y el padre José Torres Padilla.  

Este nuevo instituto religioso fue creciendo rápidamente y un ejército de seguidoras se fue uniendo al proyecto de pobres, oración, penitencia y vivir en constante abnegación que había emprendido Madre Angelita. Y así, pronto sobrepasaron los límites de la capital hispalense. Fue en 1904 cuando llegan las hermanas a Fuentes y abren la que sería su séptima casa, tras las fundaciones de la Casa Madre de Sevilla, Utrera, Ayamonte, Carmona, Villafranca de los Barros (Badajoz) y Arjona (Jaén). Era la primera fundación del siglo XX, y se llevaba a cabo por iniciativa y con el apoyo económico de los bienhechores Fernando Armero Fernández de Peñaranda –hermano menor del General Armero– y su hija Dolores Armero Benjumea.

La inauguración oficial de la casa no tendría lugar hasta septiembre de 1904, comenzando años antes los trámites pertinentes. En 1900 sor Ángela solicitó al Arzobispado de Sevilla que aprobara la nueva fundación y que concediera la ermita de San Francisco y sus dependencias adyacentes para instalar allí el nuevo cenobio, con idea de “fomentar la instrucción y educación moral y religiosa de niñas pobres, y la asistencia y socorro de enfermos desvalidos”. Con anterioridad a esta misiva, la Hermandad de la Humildad, establecida en el citado templo de San Francisco, había acordado ceder el jardín para que se edificase en él la casa de las hermanas.

El 23 de septiembre de 1904 tendría lugar en la ermita de San Francisco la ceremonia de inauguración, en presencia de Sor Ángela, y a partir de esta fecha, comienza una historia local de amor y entrega que tiene como cuartel general una casa en el Postigo.

Son los primeros años del siglo XX. Fuentes cuenta con una población cercana a los 7.000 habitantes, con una numerosa clase baja, mayoritariamente jornaleros. Son el estrato social más desprotegido, con unas condiciones de vida infrahumanas y verdaderos problemas para subsistir. Pero ahí estuvieron siempre las hermanas. Recibiendo con una mano para repartir con la otra, acudiendo siempre en auxilio del más necesitado. Son tiempos difíciles, donde hasta ellas mismas pasan en algunas ocasiones verdaderos problemas. Era un convento pobre. No tenían apenas de nada para vivir.

Comenzaron en sus primeros meses auxiliando a enfermos y catequizando la vecindad, por todo el arrabal del Postigo. Poco después iniciaron clases para niñas, en tan precaria situación, que las aulas eran terrizas y las niñas hasta se tenían que llevar cada una su propia silla. Con limosnas consiguieron poner un suelo de madera, que evitara los continuos males y resfriados, tanto en las niñas como en las hermanas.

En repetidas ocasiones, sor Ángela visitó la casa de Fuentes a lo largo de su vida. Poco a poco fue viendo, con el paso de los años, como las hermanas iban edificando el resto del convento y las tareas y ocupaciones eran cada vez mayores. En estos primeros años todas las semanas se comunicaban por carta. En una de ellas, las hermanas acuden a sor Ángela haciéndole llegar su situación extrema, a lo que la Madre General respondió: “Pongas ustedes gallinas, y nosotras [en Sevilla], en vez de comprar los huevos en el mercado, se los compramos a ustedes. Así podrán obtener algo de dinero”. Era evidente que si el proyecto emprendido estaba dando frutos abundantes era porque estaba liderado por una persona con la suficiente capacidad moral e intelectual para ello, aunque para la propia sor Ángela todo era obra de Dios, y ellas un mero instrumento. Y fue así, con hechos, como la popularidad y admiración hacía sor Ángela, las Hermanas de la Cruz y su apostolado se fue extendiendo entre propios y extraños.

En 1932, sor Ángela murió a los 86 años en olor de santidad causando conmoción en Sevilla. Durante los tres días que su cuerpo estuvo expuesto a los fieles, miles de sevillanos de toda edad y condición acudieron a la capilla de las Hermanas de la Cruz a rendirle un último homenaje. El ayuntamiento republicano de la época acordó por unanimidad rotular con su nombre la calle Alcázares, en la que se ubica la Casa Generalicia de las Hermanas de la Cruz, siendo enterrada en la cripta del convento, gracias a una autorización del Gobierno porque las leyes de la República prohibían el enterramiento en templos y cenobios.

A raíz de ahí, se inició el largo proceso para la causa de su santidad, y en 1982 el papa Juan Pablo II la declaró beata en una multitudinaria ceremonia celebrada en Sevilla. Lustros más tarde, en mayo de 2003, el mismo Pontífice proclamó su santidad proponiéndola como ejemplo cristiano de vida a seguir.

Pero Fuentes ya hacía mucho tiempo atrás que había reconocido su ejemplaridad. A los pocos años de su muerte la calle Moral pasó a ser rotulada con el nombre de Sor Ángela de la Cruz, y tras su beatificación, se emprendió desde la cenobio fontaniego la iniciativa para la ejecución de una talla de la nueva beata, a tamaño real, y que fue encargada al polifacético imaginero y orfebre Manuel Domínguez Rodríguez (Zalamea la Real, 1924 - Sevilla, 2010), cuyo taller se encontraba en el compás del convento de Santa Clara de Sevilla.

Un hecho que se hizo realidad en 1984, cuando la tarde del viernes 4 de mayo los fontaniegos admiraron por vez primera la nueva efigie, que fue bendecida en una ceremonia presidida por el entonces párroco D. Ramón Díez de la Cortina y Consuegra en la Iglesia Parroquial Santa María la Blanca.

Tras la eucaristía, se iniciaría una masiva procesión de camino hacia el convento de las propias Hermanas de la Cruz, organizada por la Hermandad de la Humildad y con el acompañamiento musical de la Banda de Los Rosales, de cuyo hecho damos muestra gráfica con las fotografías que se reproducen.





Fuentes siempre ha sido consciente de la labor de estas mujeres que todo lo dan por el prójimo. Siempre se ha sabido agradecer su buen hacer, se le ha reconocido, y en momentos de necesidad, también ellas han recibido la ayuda del pueblo. Muchos son los momentos en los que el Fuentes ha exteriorizado su devoción a Santa Ángela de la Cruz y su admiración por la obra de sus hijas espirituales, las Hermanas de la Cruz.


Francis J. González Fernández
Cronista oficial de la villa de Fuentes de Andalucía

miércoles, 13 de diciembre de 2023

EL MIRADOR DE DON CIPRIANO, EN LA AVENIDA DE LA PALMERA DE SEVILLA

En Tennessee (EEUU) hay una réplica a escala real del mismísimo Partenón de Atenas. Una plaza de Cenicero (La Rioja) tiene una Estatua de la Libertad y paseando por el centro de Badajoz hasta podemos llegar a toparnos con la inigualable Giralda. Y así, no pocas «torres eiffeles» o «casas blancas» se reparten por el mundo. Unos son un clon exacto, otros no llegan ni a primos hermanos.

En las últimas décadas, esta costumbre de «copiar» lugares emblemáticos de otras ciudades del mundo –conocida como «duplitectura», uniendo los términos duplicidad y arquitectura– es una constante en China, donde es frecuente encontrarlas en varias de sus provincias. En Dailán, por ejemplo, se puede disfrutar de los canales de Venecia sin salir de las fronteras del gigante asiático. Un hecho que no forma parte de parques temáticos o infraestructuras de exposiciones universales, sino que se trata de comunidades completamente funcionales donde las familias chinas viven y crían a sus hijos.

No deja de ser una práctica controvertida. Algunos la consideran una forma de plagio y de falta de originalidad, mientras que otros la ven como una forma de expresión cultural y de intercambio de ideas, basada en la inspiración e influencia de distintas corrientes o estilos artísticos o arquitectónicos que no es una tendencia reciente.  

De este modo, la huella de la arquitectura dieciochesca de la campiña sevillana quedó claramente patente en las edificaciones de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Un hecho que se dio de la mano del arquitecto Juan Talavera Heredia (Sevilla, 1880-1960), viéndose claramente en su obra el influjo de la arquitectura barroca astigina, a la que llegaría por su madre, natural de Écija. Este hecho le llevó, del mismo modo, a conocer «in situ» las singulares fachadas y toda la producción fontaniega de la estirpe de los Ruiz Florindo.

Proyecto original del Pabellón del arquitecto Juan Talavera Heredia.

La arquitectura regionalista sevillana supo sintetizar una herencia cultural que abarcaba desde el arte islámico hasta el barroco del siglo XVIII pasando por el mudéjar, y la Exposición Iberoamericana de 1929 jugó un papel decisivo al revalorizar esta identidad sevillana y su arquitectura propia, reutilizando no solo modelos del pasado, sino sus técnicas y sus materiales constructivos enriqueciendo el patrimonio de la ciudad.

En 1925, Talavera recibió el encargo de proyectar el Pabellón de Agricultura. Para ello el arquitecto diseñó una vivienda señorial de ámbito rural con una fachada principal neobarroca, con una gran portada con columnas salomónicas, entre dos torres-miradores gemelos situados a ambos lados.

Se trataba del primero de los dos proyectos que el arquitecto realizó para el Pabellón de Agricultura de la Exposición, que con el tiempo pasaría a ser denominado Pabellón de Aceite y Agricultura según las directrices de la organización, y generalizándose en la forma Pabellón del Aceite.

La cancelación del propósito inicial y su unificación con el del Aceite, provocó que Talavera tuviera que rediseñar el proyecto, transformándolo en una hacienda de olivar e introduciendo de este modo en la ciudad la arquitectura blanca de un gran caserío de campo, enraizado en los esquemas constructivos rurales de la campiña sevillana.

Un hecho que nos privó de poder disfrutar hoy día, en la notable avenida de la Palmera de Sevilla, del mismísimo mirador de la casona señorial de los Fernández de Peñaranda de la calle Carrera –la casa de don Cripriano–, y no uno, sino por partida doble. Se nos despojó de admirar una reproducción exacta de una de las obras clave del maestro Juan Ruiz Florindo (1699-1753) en la capital hispalense, y su repercusión durante el desarrollo de la Exposición Iberoamericana.

Superposición de los elementos arquitectónicos de las casas fontaniegas
sobre el proyecto original del Pabellón del Aceite.

En ese primer proyecto fallido, cuya documentación se conserva y se reproduce aquí, Juan Talavera compilaba elementos de la arquitectura señorial tanto de Écija como de Fuentes de Andalucía. La portada del pabellón estaba claramente inspiradas en las homónimas de los palacios de Peñaflor y de Benamejí, de Écija, franqueada por las dos torres, diseñadas a semejanza del mirador fontaniego citado. Una similitud extrema que se aprecia en la ornamentación de los vanos, las pilastras almohadilladas, los pedestales bulbosos, así como los pinjantes que penden de estos o en los pináculos que coronan el tejado a cuatro aguas.

De igual modo, la decoración de las ventanas se asemejan claramente a las que presentan tanto la propia fachada de la casa de la calle Carrera como la también construida por Alonso Ruiz Florindo para los Fernández de Llera en la hoy rotulada como calle Fernando de Llera.

Lo que pudo ser, y no fue, como tantas cosas. O como aquellas que fueron, y se perdieron. Pero eso ya es otro cantar.

Sea como fuere, cierto es que lo que debió ser un notable edificio de la Sevilla del 29 se quedó en una carpeta, en un estante, de algún archivo, con la firma del arquitecto Juan Talavera Heredia.

Francis J. González Fernández
Cronista oficial de la villa de Fuentes de Andalucía
 
BIBLIOGRAFÍA:

GRACIANI GARCÍA, A. (2023). Écija en la Exposición General Española de 1929. En: MARTÍN 
PRADAS, Antonio (dir.). Actas de las XV Jornadas de Protección del Patrimonio Histórico de Écija: Écija creadora, exportadora e importadora de influencias. Écija: Asociación de Amigos de Écija, 2023, págs. 115-132.

https://exposicioniberoamericanadesevilla1929.blogspot.com/2010/04/34-pabellon-del-aceite-y-
agricultura.html [Consulta en línea 9 de diciembre de 2023].

Servicio General de Fototeca y Laboratorio de Arte, Universidad de Sevilla. Registro 3-700.


domingo, 24 de julio de 2022

UN CARTEL RANCIO, PARA UNA FERIA HISTÓRICA Y CON HISTORIA.

El cartel anunciador de la Feria de Fuentes de Andalucía 2022 sigue claramente las líneas clásicas y propias de la cartelería costumbrista de fiesta, imperante en España en la primera mitad del siglo XX.

La escena principal la ocupa una imagen pictórica de corte costumbrista, en la que aparecen tres mujeres ataviadas con la indumentaria propia de las ferias andaluzas: mantones bordados, mantilla, peinas y flores en la cabeza, pendientes de aros, usando abanico… Esta se debe al pintor valenciano Juan José Barreira Polo (1887- 1957), prolífico en este tipo de obras, muchas de ellas dirigidas a cartelería.

En la cabecera del cartel destaca la palabra FERIA, para la que se ha utilizado la fuente SVQ Justa Display, del proyecto justayrvfina.com. Una tipografía basada en la azulejería del nomenclátor de las calles de Sevilla y muchos de sus pueblos, y sostenida en la base que parieron los artesanos de La Cartuja de Sevilla en 1845.

La Feria de Fuentes de Andalucía está íntimamente ligada por su devenir histórico a la Ermita de San Francisco y al barrio del Postigo. Conforman un binomio inseparable con el aval de siglos de vida. Desde el siglo XVII la fiesta se viene celebrando en el mismo emplazamiento, tomando su nombre originario del principal edificio de la zona, de ahí “Fiesta de la Ermita”. Por ello, tras las mujeres aparecen dos ilustraciones obtenidas a través de fotografías del citado templo. Se hace de forma degradada, con el fin de enmarcarlo en el conjunto, y que esté presente pero sin ser relevante en la escena. A la izquierda, un fragmento de su fachada, destacando una estípite en ladrillo cocido labrado por la saga de alarifes fontaniegos Ruiz Florindo, y a la izquierda, los tejados, cúpula, linterna y espadaña del citado edificio religioso. Sobre ello, aparece sutilmente la firma autógrafa de Alonso Ruiz Florindo.

En pleno Año Florindo, la figura de estos alarifes era imprescindible en la cartelería que nos ocupa. Alonso, de cuyo nacimiento se cumple en 2022 su tercer centenario, mostró plenamente sus cualidades artísticas en la obra de la Ermita de San Francisco (1751- 1758), edificio donde manifestó su capacidad creativa para el adorno basado en el uso del ladrillo tallado y de la ornamentación de yeserías, con el uso de un amplio abanico de elementos ornamentales procedentes de la tradición arquitectónica.

Las tres mujeres se presentan tras una reja, que está cubierta por un mantón bordado y un capote torero de paseo. Sobre este espacio, aparece en líneas el emblema del Señorío –posteriormente marquesado– de Fuentes, y a la sazón escudo de la población hasta fechas recientes. Tal ilustración procede de la página 1 de la revista de Feria de 1955.

En este mismo espacio, y sostenido por la mano derecha de la mujer que aparece sentada en primer plano, se ha introducido el detalle de una papeleta de la “rifa del cochino” de la Hermandad de la Humildad de 1898, basada en un original de la época. Esta tradición, que data de 1869, se mantiene en la actualidad, por lo que se convierte en un hecho idiosincrático y muy particular de la fiesta en sí.

En los extremos inferiores de la escena pictórica, se mantienen la firma del autor de la misma y de la empresa encargada de su reproducción: Imprenta y Litografía Ortega, marca histórica valenciana (1871-2008), referente nacional de las artes gráficas en los siglos XIX y XX.

El espacio inferior del cartel está dedicado a los textos relativos al anuncio de la celebración de la feria, con los días de fiestas, el lugar de celebración, la oferta prevista y el ente organizador; todo ello plasmado con tipografía clásica propicia y habitual en la cartelería de base. Así mismo constan el escudo oficial de Fuentes de Andalucía, el anagrama del Año Florindo y un conjunto de orlas en líneas, todo ello en la combinación de dos únicos colores, en sintonía cromática con el cartel en su conjunto.

En el centro del texto “Primitiva Fiesta de la Ermita que desde antaño festeja esta población”, en clara alusión al sentido histórico de la fiesta, aparece la reproducción de una imagen mariana. Se trata de la Virgen de Consolación, titular letífica primitiva de la Hermandad de la Humildad, y origen de las fiestas, surgidas en su honor y derivadas al hecho actual. Tal reproducción procede de la cruz de plata –fechada en 1666– del asta del estandarte de la citada cofradía.

En su conjunto el cartel difiere de los formatos habituales. Su composición vertical, y de formato estrecho, se ciñe a las dimensiones tradicionales de esta tipología de cartelería.

jueves, 12 de agosto de 2021

LA DEMOLICIÓN DE LAS ÚLTIMAS PUERTAS DE LA VILLA DE FUENTES: LOS ARCOS DE CARMONA Y DE ÉCIJA.


Francis J. González Fernández
Cronista oficial de Fuentes de Andalucía



El crecimiento y la conformación de las primeras calles de la villa de Fuentes se apoyó en los ejes perpendiculares que trazaban los principales caminos de comunicación con los núcleos poblacionales colindantes. De este modo, en el trayecto más próximo al castillo del Hierro del Carril de la Lana –que comunicaba Fuentes con Carmona y Écija– fue surgiendo la calle Mayor, y perpendicularmente, desde los pies de la originaria iglesia levantada en la colina superior, se configuró hacia el norte la calle Carrera, en comunicación con el camino de La Campana y la Vía Augusta. A espaldas de la torre del castillo, nacía en dirección suroeste el camino de Marchena, y hacia el noreste, el camino de Palma, que pasaba por las tierras y caserío de La Monclova.

Unos trazados de caminos y naciente trama urbana que determinarían del mismo modo las puertas y arcos que daban acceso a la villa, que ya en el siglo XV se hallaba barreada o cercada, una práctica frecuente en la época con objeto –sobre todo– de la prevención de epidemias y males endémicos.

A esta función se unía el papel de los accesos al caserío fontaniego, que no tenían carácter de defensa militar, sino de control tributario y, sobre todo, sanitario, favoreciendo la protección de los habitantes del lugar con el aislamiento de los mismos, controlando el acceso al núcleo de población por las puertas estipuladas.

LOS BARREOS DE LA VILLA

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua el término barrear, hoy en desuso, significa «cerrar, fortificar con maderos o fajinas un sitio abierto», y en la Edad Media simplemente cercar o amurallar [1].

Con esta práctica, y ante males tan contagiosos, los pueblos se intentaban librar de las epidemias protegiendo a sus habitantes, sometidos forzosamente a un estricto control.

A lo largo de los siglos XVI y XVII la peste fue la pandemia crónica que más afectó ineludiblemente a Fuentes y su comarca, y son diversos los registros documentales que dan testimonio de ellos, así como de los consiguientes barreos llevados a cabo por iniciativa del propio cabildo municipal.

El primer cercado de la villa datado se remonta a 1583. En el cabildo celebrado por el Concejo, Justicia y Regimiento de la villa el 2 de marzo de este año se acordó –ante la amenaza de la peste– el barreo del núcleo de Fuentes, dejando solo abiertas las puertas de Marchena y la del Monte, siguiendo el ejemplo de otras localidades del entorno geográfico.

«[…] En este Cabildo el dicho señor Alcalde, Cristóbal Gómez Tortolero propuso que ya que a sus mercedes es notorio como la ciudad de Écija, villa de Carmona, Marchena, Osuna y otros lugares de esta comarca se han barreado y van barreando con toda diligencia para guardarse de la peste que se dice andar en muchas partes de esta Andalucía, de manera que por la misma causa conviene asimismo que esta dicha villa se guarde y barree porque no haciéndolo se les impedirá a los vecinos de esta dicha villa la entrada, trato y comunicación con las demás partes que se guardan y que están declaradas. Una de las cuales es la ciudad de Sevilla, de donde tanto daño se seguirá a los dichos vecinos de esta dicha villa si no entrasen y tratasen en ella.
Que sus mercedes provean lo que convenga y debiéndose barrear de adonde se proveerá el dinero para ello.
[…] Asimismo que solamente queden dos puertas: la una, la puerta de Marchena, otra a la puerta del Monte que es al fin de la Carrera. Y que se tenga cuidado de enviar a la dicha ciudad de Écija por razón de los lugares de que se guarda» [2].

Años después, en el cabildo celebrado el 9 de junio de 1599 [3] se volvieron a adoptar medidas para barrear la villa y librarla de la epidemia vigente, y dos años más tardes, el 19 de marzo de 1601 [4], se tomaron nuevas acciones de cercado a consecuencia de la epidemia. Ante la magnitud de la enfermedad, en el cabildo del 27 de mayo de 1601 «se trató como respecto de que cada día va en aumento las enfermedades del hambre que por los lugares comarcanos crece, se mandó cerrar las puertas de límite y que sólo se sirviese esta villa por la Puerta del Monte y que en ella guardasen personas responsables y de confianza que pudiesen despachar entre muros y lo demás que se le ofreciese. […] los vecinos que fuesen señalados por guardas para la dicha puerta del monte, el uno de ellos ha de tener la llave y a las 3 de la mañana ha de abrir y estar advertido el día sin que ninguno falte salvo a horas de comer yendo uno y quedando otro» [5].

Décadas más tarde, en el cabildo acontecido el 3 de junio de 1637 [6], se encomendó a los regidores Pascual García Pilares y Francisco Martín de Góngora que se personaran en los lugares de la comarca con presencia de epidemia de peste, para conocer de primera mano la situación a la hora de adoptar las medidas pertinentes en la villa de Fuentes. De tal magnitud era la epidemia que días más tarde, en cabildo convocado para el 23 de junio, los presentes determinaron barrear la villa para guardarla de la peste.

Pero las epidemias no cesaban, y en 1649 amenazó de nuevo estos lares de la campiña sevillana. En cabildo del 6 de enero se acordó acometer el barreo de la villa «para evitar contagio de enfermedades» [7], de la misma forma que lo estaban haciendo otros núcleos cercanos.

Ante el temporal de invierno, que había dañado considerablemente las cercas, en abril de 1649 se acordó el reparo de las cercas y portillos que servían para proteger la villa. Durante el periodo de tiempo que la epidemia estuvo vigente, el acceso a la población era controlado por cuatro aguaciles, a los que, en cumplimiento de lo dictado en el cabildo de 12 de julio de 1649 [8], se le otorgaron 40 reales a cada uno por su diligencia en la vigilancia de las puertas y otros actos relativos a evitar el contagio de la peste.

La epidemia no remitía, y un nuevo brote se expandió por la zona, por lo que en enero de 1650 se toma la decisión de cerrar la Puerta del Monte y que sólo quede abierta la de Marchena, con los guardas pertinentes [9]. De tal magnitud fue la epidemia que el cabildo prosiguió tomando medidas en los meses siguientes, como consta en las actas de los cabildos de 24 de abril y 1 de mayo.

Casi un siglo después del primer barreo documentado de 1583, en el verano de 1679 se llevó de nuevo a cabo esta práctica en la villa de Fuentes, según unas notas aparecidas al final del libro de colecturía de la Iglesia Parroquial que da comienzo en el año 1711 [10]: «Cuando se hallavan los Pueblos sincumbezinos con la calamidad de la peste […].se Barreo esta villa teniendo en cada puerta un diputado con sus guardas para que no entrase ningun transitante». Parece ser que el 27 de agosto de 1679, habiendo sido «Dios servido de precabidad de tal conatgio», Fuentes y sus vecinos «le votaron fiesta a Ntra. Sra. y a su Patron Sn. Sebª. [San Sebastián]».

LAS ÚLTIMAS PUERTAS DE LA VILLA

Al núcleo histórico de la villa de Fuentes se accedía por medio de cinco puertas, portillos, arcos o postigos, que en su origen desempeñaron el papel de controles fiscales y sanitarios, como se ha citado con anterioridad.

La puerta o arco de Marchena se ubicaba en la zona inferior de la Barrera de Palacio (Plaza de España), en las proximidades de la torre del castillo de los Señores y franco sur de la plaza, de donde partían dos caminos distintos hacia la villa ducal, el alto y el bajo; mientras que la puerta del Monte, situada en la parte baja y extrema de la calle Carrera, comunicaba con los caminos del norte, así como con la Fuente de la Reina, principal manantial de abastecimiento de agua potable para la población fontaniega.

En los extremos de la calle Mayor se situaban las puertas de Carmona –también nombrada de Sevilla–, junto a donde se fundaría el monasterio de las Mercedarias Descalzas, y la puerta o arco de Écija, en el extremo oriental de la calle, por encima de donde hoy se sitúa la calle Roque Vasco.

Por último, en el ángulo noreste de la villa, se situaba el Postigo del Carbón, por cuyo camino se iba hacía La Monclova y Palma del Río. Un acceso de menor entidad y el último en levantarse.

En la segunda mitad del siglo XVIII aún se tiene constancia documental de la existencia física del Arco de Marchena, construido en ladrillo y encalado, siendo los arcos de Carmona y Écija demolidos en la segunda mitad del siglo XIX, y convirtiéndose de este modo en los dos últimos que desgraciadamente desaparecieron y fueron eliminados del entramado urbano.

En la sesión plenaria celebrada el 10 de marzo de 1877, el alcalde manifestó «que el arco llamado de las Monjas que se encuentra a la entrada de la calle Mayor por la parte de la Alameda, según varias personas le han hablado, y que a la simple vista se observa, se encuentra en un estado ruinoso, principalmente su clave, y hay temores de que se desprenda y pueda suceder desgracia» [11].

El ayuntamiento enterado encargó su reconocimiento a los peritos de albañilería Diego García Sánchez y Francisco Ruiz Tesoro.

Una semana después, en la posterior sesión del cabildo que tuvo lugar el día 17, se dio lectura al informe redactado por los peritos antes citados:

«[…] si bien es cierto que la clave de dicho arco está parte de ella ruinosa, no se considera esté en estado de hundimiento, todo es, que necesita hacerle la precisa reparación, pero que esta ha de ser algo costosa. El ayuntamiento después de oído a la Comisión de Ornato Público y considerando lo inútil que es la conservación de dicho arco, pues no reporta ventaja alguna a la población y sí gastos que necesariamente hay que hacer en repararlo, por unanimidad acordó: la demolición de toda parte que lo constituye […]» [12].

Esta zona de la calle Mayor, aún en las primeras décadas del siglo XXI, es conocida de forma popular entre los vecinos más mayores como «el arco».

La misma suerte corrió el arco o puerta de Écija. En el pleno municipal convocado para el 13 de abril de 1878, el alcalde manifestó «que varios vecinos se han acercado haciéndole presente el mal estado en que se encuentra el arco que de muy antiguo existe en la calle Mayor de esta población, pues se haya desplomado y abierta su clave, de manera que amenaza ruina. El ayuntamiento en su vista y considerando las desgracias que puedan ocurrir si llega a hundirse dicho arco, no tan solamente a las personas que por junto a él transitan si no es también a los edificios inmediatos, por unanimidad acordó se le haga saber al perito de albañilería Francisco Ruiz Tesoro pase inmediatamente a reconocerlo, y si lo encuentra en el estado de ruina que se dice proceda a su hundimiento con las precauciones necesarias, y sus materiales se vendan en pública subasta» [13].

Lamentablemente, el arco de Écija fue demolido, y con su desaparición se exterminó de la trama urbana fontaniega este tipo de estructuras arquitectónicas que con el desarrollo urbanístico acontecido en el siglo XVIII habían perdido sus funciones. Circunstancia que no lo exime de la irreparable pérdida que supuso para el patrimonio histórico local.   
 
 
NOTAS:
1] NAVARRO LORA, José María. Del barreo de la villa de Fuentes. En Aires Nuevos: Periódico de información local. Fuentes de Andalucía (Sevilla): Asamblea local de Nueva Izquierda-Verde Andaluza (NIVA), julio 2001, I época, núm. 4, pág. 7.
2] (A)RCHIVO HISTÓRICO (M)UNICIPAL DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Actas Capitulares. Libro 1. Cabildo 2-III-1583.
3] A.M.F. Actas Capitulares. Libro 3. Cabildo 9-VI-1599.
4] Ibídem. Cabildo 19-III-1601.
5] Ibídem. Cabildo 17-IV-1601.
6] Ibídem. Libro 4. Cabildo 3-VI-1637.
7] Ibídem. Libro 5. Cabildo 6-I-1649.
8] Ibídem. Cabildo 12-VI-1649.
9] Ibídem. Cabildo 11-I-1650.
10] (A)RCHIVO (P)ARROQUIAL SANTA MARÍA LA BLANCA DE (F)UENTES DE ANDALUCÍA. Libro 5 de Colecturía y Entierros de 1711. Fol. 27.
11] A.H.M. Actas Capitulares. Legajo 1, libro 2, folio 73. Cabildo 10-III-1877. 
12] Ibídem. Folio 78. Cabildo 17-III-1877.  
13] Ibídem. Legajo 1, libro 3, folio 85 v. Cabildo 13-IV-1878.