En la
segunda mitad del siglo XVIII se llevó a cabo al sur de Despeñaperros el más
ambicioso proyecto reformista de la Ilustración española: la colonización y
creación de las llamadas Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía.
Con el
objetivo de suprimir fuertes desequilibrios territoriales, mejorar el
aprovechamiento de recursos repoblando zonas desérticas y buscando crear una
sociedad reformada, el rey Carlos III, Campomanes, Pablo de Olavide y otros
ilustrados ejecutaron esta loable empresa levantando nuevos pueblos y aldeas en
zonas deshabitadas, moradas de malhechores y bandoleros que atacaban las
diligencias a su paso por el Camino Real, que discurría a escasas leguas de la
villa de Fuentes.
Una
actuación repobladora que se centró en los «grandes
desiertos» que recorría el Camino Real de Andalucía: el desierto de Sierra
Morena o de la Peñuela, en el reino de Jaén, y los desiertos de La Parrilla,
entre Córdoba y Écija, y de La Monclova, entre Écija y Carmona. En ellos se
crearon una serie de asentamientos construidos con criterios racionalistas y en los que se
acogió a unos seis mil colonos venidos principalmente de diversos rincones de
Europa Central, entre los que se repartieron las tierras. Dichas poblaciones fueron:
Almuradiel, Arquillos, Aldeaquemada, Montizón, Carboneros, Santa
Elena, La Carolina (donde se estableció la sede de la Intendencia), Guarromán,
La Carlota, San Sebastián de los Ballesteros, Fuente Palmera y La Luisiana con
sus aldeas de El Campillo, Los Motillos (desaparecida en el s. XIX) y Cañada Rosal, creadas en baldíos de
Mochales, terrenos comunales de la ciudad de Écija. Unas nuevas poblaciones que
se encuentran repartidas entre las actuales provincias de Jaén, Córdoba,
Sevilla y Ciudad Real y que llegaron a aglutinar un total de 60 nuevos
asentamientos, entre pueblos y aldeas –de los que hoy quedan aún en pie 48–, y
que son el testimonio vivo de aquel modelo que materializó con muchísimo
esfuerzo y oposición el Gobierno Ilustrado del rey Carlos III [1].
La recluta
de colonos la realizó Juan Gaspar de Thürriegel, un aventurero bávaro que, valiéndose
de algunas artimañas, logró introducirse en la alta sociedad y círculos de la
Corte madrileña para poder formar parte del proyecto colonizador. En 1766 se comenzó
a tratar la empresa de Thürriegel y el 28 de febrero de 1767 el Rey autoriza que
se formalice el contrato para introducir en España seis mil colonos
extranjeros, de ambos sexos, que debían ser católicos, labradores y carecer de
antecedentes delictivos, por los que el bávaro recibiría 326 reales por cada
uno de ellos.

La
situación económica que atravesaba parte de Europa y más concretamente
Alemania, a mediados del siglo XVIII, era bastante precaria. Las muchas guerras
en los territorios del Rhin habían traído consigo muchas calamidades y la
mendicidad se convirtió en fenómeno universal y en un problema del tiempo en
todos los países centroeuropeos. En este ambiente de pobreza es lógico que se
estableciera con fuerza la idea de la emigración a otros países y las gentes
acudieran con entusiasmo a las convocatorias lanzadas por los agentes de Thürriegel
en sus proclamas, en las que difundía, entre otros mensajes:
«A casi nadie le es desconocido el que España
es una tierra de clima tan feliz y una región tan bendecida del cielo que ni el
calor ni el frío muestran en ella nunca sus filos... Su tierra es una de las
más productiva de Europa... produce
los más hermosos trigos, centeno, cebada, avenas y linos, produce
también toda clase de hortalizas... en gran abundancia y con poco trabajo.
Animales cornudos de toda clase y caballos, mulos,
asnos, ovejas… No tiene menos en vinos, los más sabrosos del mundo. Olivos y
almendros, naranjos y limoneros, higueras, granados y castaños… ¿Qué personas
reflexionarían largamente para dejar una patria donde carecen de toda fortuna o
la poseen pequeña, donde suspiran en su pobreza en amargos sudores? … ¿Qué
personas, repito, se mostrarán remisas en marchar deprisa hacia la feraz y
feliz España?...» [2].
Con tan
tentador discurso, no le fue difícil a Thürriegel conseguir los seis mil
campesinos para los que había sido contratado, que buscaban la «Tierra Prometida» de los panfletos en
esta Andalucía de sol y luz de mediados del siglo XVIII.
La
iniciativa pretendía implantar una nueva organización social, liberada en
cierto modo de las restricciones jurisdiccionales del Antiguo Régimen. Para
ello se redactó el Fuero de las Nuevas
Poblaciones, de cuya promulgación se conmemoró el pasado 5 de julio su 250º
aniversario, punto de partida de las celebraciones que durante el próximo año rememorarán
las tan significativas efemérides de las fundaciones de las colonias.
En este Fuero se reguló con meticulosidad todos
los aspectos de la vida económica y social de los colonos –bajo un régimen
legislativo y administrativo propio– y cuanto tenían que percibir a su
establecimiento: los lotes o suertes de tierra de labor (alrededor de 50
fanegas –unas 32 hectáreas–), los medios e instrumentos para la labranza (un
arado, un azadón y semillas para la primera sementera y la subsistencia del
primer año), el número de cabezas de ganado (a cada familia se le dieron cinco
gallinas, cinco cabras, cinco ovejas, dos vacas, un gallo y una puerca de
parir), los beneficios (pan durante un año y exención de impuestos durante
diez), la distribución de núcleos y aldeas, las distancias entre pueblos (entre
cuarto y medio cuarto de legua), los equipamientos con que se dota a las nuevas
poblaciones (escuelas, pósitos, iglesias...), un programa completo de ordenación
pensado para que fuesen autosuficientes en el territorio [3]...
Este
documento legislativo de 1767 contemplaba postulados tan modernos y
progresistas para la época como: la enseñanza primaria obligatoria y gratuita
para todos los menores (niños y niñas) del pueblo llano [Art. LXXIV del Fuero]; o que la mujer fuese considerada
tan útil y tan capacitada como el hombre para trabajar, no sólo en las
habituales tareas domésticas sino también en la agricultura e incluso la
industria [Art. XXXIII y XLIII del Fuero].
El Fuero de las Nuevas Poblaciones representa
históricamente «el nacimiento de un
modelo urbano, social, político y cultural diferente, que rompe con los
principios arcaicos, conservadores y rancios en los que se asentaba el Antiguo
Régimen. Una apuesta por la formación y los valores como motor de desarrollo de
los pueblos, intentando transformar la realidad, combatiendo el analfabetismo
para mitigar el efecto de la principal arma que doblega a los pueblos y su
gente, la incultura [4]».
Durante la
vigencia del Fuero, cuya derogación
definitiva aconteció en 1835, las Nuevas Poblaciones se agrupaban para su
gobierno en el marco de una Intendencia, que las convertía en la «quinta provincia andaluza», con el
mismo nivel político y administrativo que los cuatro reinos de la Andalucía de
la época: Córdoba, Jaén, Sevilla y Granada. La Carolina ejerció como capital de
todas las Nuevas Poblaciones y sede de la subdelegación de la zona de Sierra
Morena, así como acogió la Superintendencia, que recayó inicialmente en el
ilustrado Pablo de Olavide, y en La Carlota se ubicó la capitalidad de las
colonias occidentales, siendo sede de la segunda subdelegación.
Es en este
contexto general en el que, en territorios próximos a las tierras de Fuentes y
la Monclova, nacen a partir de 1768 las colonias sevillanas de las Nuevas
Poblaciones: La Luisiana con sus aldeas de El Campillo, Los Motillos y Cañada
Rosal, en cuya fundación nos centraremos en adelante.
Las
tierras para este proyecto ilustrado fueron segregadas a Écija y comprendían
9.161 fanegas de las dehesas de las Yeguas y Mochales, a las que había que
sumar las 905 fanegas del cortijo de la Orteguilla, propiedad del marqués de
Peñaflor.
Pero los
comienzos fueron sumamente difíciles y lejos de toda realidad quedaron las
proclamas de Thürriegel. Al duro clima de la zona que se encontraron los
colonos, el agotador trabajo de desmonte, las pésimas condiciones de vida, la
enfermedad que se apoderó de ellos… se unió otro problema más: el rechazo y la
oposición de los vecinos de la comarca, principalmente y por razones obvias,
los de Écija.
Los
campesinos y braceros de Fuentes, La Campana, Palma del Río, así como los de la
propia ciudad de Écija, veían con sumo rechazo las oportunidades y
prerrogativas que el gobierno de Carlos III daba a estos «extranjeros», ya que
los propios del lugar vivían muchos de ellos sumidos en la miseria y sin
tierras.
La propia oligarquía
ecijana se mostró muy en contra e hizo todo lo posible por la inviabilidad del
proyecto ilustrado. Como se ha indicado, del término ecijano fueron segregadas
la totalidad de las suertes entregadas a los colonos, y la mayoría de las
tierras eran dehesas de propios o dehesas concejiles, cuyo aprovechamiento era
comunal para todos los habitantes de la ciudad, y los terrenos baldíos, que
aunque no eran dedicados al cultivo, suministraban caza, leña, pastos y frutos
silvestres. Pero a pesar de ello, los responsables de la repoblación
consiguieron –no sin innumerables contratiempos– hacer realidad la iniciativa
del gobierno de la nación.
Los
primeros colonos empezaron a llegar a la colonia de La Luisiana –que fue el
primer núcleo que se comenzó a levantar– a finales de 1768, prologándose la
llegada hasta octubre de 1769, y no traían más que sus manos, sus ganas de
trabajar y mucha esperanza para convertir unos baldíos llenos de matorrales,
lentisco, jara y palmas en una tierra productiva y competitiva con el resto de
las tierras de la campiña sevillana.
A las
colonias sevillanas llegaron familias extranjeras de los más dispares rincones
de Centroeuropa, buscando las bondades prometidas de los panfletos y la
propaganda de Thürriegel, procediendo principalmente de Alemania y Francia, y
en menor número de Italia, Bélgica, Suiza y Austria. Dentro de cada país, los colonos eran
originarios de las mismas zonas, pueblos o regiones por lo que emigraban varias
familias juntas del mismo lugar.
También se
sumaron colonos españoles, cuya procedencia se puede clasificar en dos grupos:
por un lado, los procedentes de los pueblos vecinos, mayoritariamente de Écija,
y de forma esporádica de las localidades de Fuentes de Andalucía, La Campana, Herrera,
Lantejuela o La Rambla [5]; y por otro colonos procedentes de Almería,
Valencia, Galicia y otras zonas de España. Estos colonos españoles comenzaron a
establecerse en su mayoría a medida que iban quedando suertes vacías por
fallecimiento de algún colono extranjero, cuya realidad fue notable.
Poco
pudieron disfrutar los colonos llegados a la Nueva Población de La Luisiana de «aquel jardín verde, de aquella constante
primavera donde florecen los árboles, en todas las épocas del año, y no puede
verse nunca la nieve» descrito en la propaganda del bávaro. Junto a los
rechazos antes citados, muchos fueron recibidos por el despiadado calor de
verano que les sorprendió a medio instalar y les castigó con la dureza que
acostumbra en los meses de julio y agosto en esta zona de la campiña sevillana.
La desolación y la angustia se apoderaron
de las familias y en los comienzos del verano de 1769 comenzó a cobrarse
las primeras víctimas una epidemia de fiebres tercianas (paludismo o malaria) y
obstrucciones de vientre que mermó considerablemente la recién llegada población
de los nuevos núcleos, llegando a perecer un tercio de los colonos en el transcurso
del primer año.
La
influencia y participación de los pueblos vecinos en los primeros años de la
fundación de las colonias fue sumamente considerable, tanto por el rechazo y la
indiferencia que ejercieron, como por la participación de diversos gremios en
el levantamiento de los núcleos poblaciones aportando albañiles, carpinteros,
materiales…, prestando servicios e incluso, como se ha citado con anterioridad,
llegando a ser punto de origen de algunos colonos que pudieron «beneficiarse»
de nuevas suertes de tierras.
En este
proyecto colonizador que nos ocupa, que cambió considerablemente la configuración
del territorio de la comarca, participaron activamente diversos alarifes
fontaniegos, destacando por la relevancia del papel encomendado la figura del
afamado Alonso Ruiz Florindo.
En 1769 el
propio intendente Olavide había solicitado, a los maestros de obras radicados
en Fuentes y otras poblaciones cercanas, la asistencia técnica para acelerar el
proceso constructivo de la Nueva Población de La Luisiana, citando
literalmente: «he despachado propios a
Fuentes, Carmona y Sevilla pidiendo albañiles y carpinteros a todo precio» [6].
Del mismo
modo, el cese en agosto de 1770 de la mayoría de los ingenieros militares que
habían dirigido hasta el momento la construcción de las Nuevas Poblaciones,
obligó a contratar arquitectos de las localidades colindantes, y que en el caso
de Alonso nos queda ratificado documentalmente con posterioridad.
En mayo de
1771, mientras Alonso estaba ocupado en la conclusión del ayuntamiento de
Fuentes, facultó a su hermano Cristóbal para que le sustituyera en caso preciso
en los trabajos de las Casas Capitulares
dado que su dedicación a la gran empresa de la Nueva Población de La
Luisiana le ocupaba mucho tiempo, ratificando su cargo como maestro mayor de
ella a la fecha citada: «esttándolo [nombrado] también todas las obras de la Real y nueba
población de la Luisiana como maestro maior de ella» [7].
Los nuevos
maestros mayores nombrados tras el requerimiento de Olavide tenían encomendada
la dirección de obras, y solo en
casos muy determinados de aquellos que estaban facultados, podrían
proyectar, por lo que cabe preguntarse el grado de responsabilidad creativa que
Alonso ejerciera sobre La Luisiana, El Campillo, Los Motillos y Cañada Rosal, atribuyéndole
algunos investigadores la autoría de la Casa de Postas de La Luisiana [8].
Durante
años, Alonso debió seguir ejerciendo su función como maestro mayor de La
Luisiana y sus aldeas, ya que en 1784 fue nombrado para actuar como correo de
esa población [9], posiblemente por sus continuas idas y venidas.
Otro
maestro albañil fontaniego que ejerció su menester en la colonia de La Luisiana
fue Francisco de Morales. El 17 de marzo de 1769, este contrató con D. José
Manuel de Álava la construcción en La Luisiana de «dos casas de havitazion… en el sitio que me señale por el dicho Señor
Director», en el precio de 1.600 reales cada una de ellas, para lo cual el citado Francisco de
Morales hipotecó unas medias casas de su propiedad, situadas «en la calle maior de esta villa, fuera del
arco que nombran de Ezija… [10]».
La
participación tanto de Alonso Ruiz Florindo en calidad de maestro mayor, como
la de los diversos maestros albañiles y carpinteros fontaniegos, dejó sentir la
influencia en los nuevos núcleos poblacionales de la comarca de la arquitectura
tradicional de Fuentes, que ofrece ejemplos de sencillas viviendas realizadas con
métodos constructivos tan extendidos en el caserío fontaniego de la época, como
son el empleo de la carpintería de entresuelo y cubiertas, la tejería morisca y
el enfoscado y encalado de exteriores [11].
El Cabildo
Municipal fontaniego se mantuvo en todo momento al margen del proceso
colonizador ilustrado, principalmente porque no había sufrido enajenación de
sus territorios, que en la época no lindaban con el de las colonias como sí lo hace en la
actualidad, ya que entre el término fontaniego y las tierras destinadas a los
colonos se situaba el término de la villa despoblada de La Monclova, propiedad del marqués de Ariza, titular a la vez
del condado de la Monclova [12].
En 1771,
el propio Cabildo se ofreció para facilitar morada en la villa al
Superintendente de las Nuevas Poblaciones. Durante la visita que en mayo del
citado año realizó Pablo de Olavide a la colonia de La Luisiana recibió
afablemente, en calidad de Intendente del Reino de Sevilla, al Corregidor de
Fuentes Mateo Antonio Barberi que se desplazó hasta la nueva población, entre
otras cuestiones a tratar, «a
cumplimentarle y ofrecerle alojamiento si transitaba por esta villa de Fuentes
para la de Sevilla» [13], invitación que le fue declinada, pues el
ilustrado no continuaría en su viaje hacia la capital.
Otro
estamento que se vio levemente involucrado en el nacimiento de las colonias fue
la Iglesia fontaniega, participando en la administración de sacramentos a los
colonos pioneros durante los primeros meses de su establecimiento en la Nueva Población
de La Luisiana.
En febrero
de 1769 las primeras diez familias que llegaron a estas colonias ya habían
ocupado sus suertes, y el mayor asentamiento de colonos se produce de marzo a
octubre de 1769, contabilizándose ya en esta última fecha 152 familias ubicadas
[14], todas ellas católicas, tal como bien quedaba especificado en una de los
artículos del Fuero para acogerse a
la empresa colonizadora.
Las
colonias se encontraban todas
integradas en una única feligresía, cuya parroquia tenía su sede en La
Luisiana, contando las aldeas de El Campillo y Cañada Rosal con sendas capillas levantadas
con posterioridad, de menores dimensiones, para atender a los colonos de cada
núcleo, aunque todos los registros sacramentales quedarían asentados en la parroquia
de la Purísima Concepción de La Luisiana.
En el
informe de la visita cursada por el Superintendente Pablo de Olavide a la Nueva
Población de La Luisiana a finales de agosto de 1769, el ilustrado manifiesta
que «que la iglesia del lugar no le falta
otra cosa que cubrirla y… sus paredes están secas pues se concluyeron el pasado
abril, he mandado que a todas manos se pongan a ponerle el cubierto trabajando
por tandas de día y de noche… y me han ofrecido que dentro de ocho días estará
cubierta» [15].
De este
modo, teniendo presente que los colonos fueron llegando desde finales de 1768 y
la iglesia se hallaba en construcción, los sacramentos les fueron administrados
en parroquias de las localidades vecinas, a saber, las de San Juan Bautista de
La Monclova y Santa María la Blanca de Fuentes.
En los
folios 1 y 1 v. del Libro 1 de Bautismo de la Parroquia de La Luisiana, aparecen
los bautizos de hijos de colonos que se celebraron fuera de la Nueva Población.
D. Pedro J. de Arbizú, primer capellán de La Luisiana, El Campillo y Cañada
Rosal, escribe: «Por varias
certificaciones del Vicario y Cura de la Parroquial de Fuentes constan las
partidas siguientes [16]», y
asienta los ocho bautismos que entre mayo y septiembre de 1769 fuera la
colonia, que coinciden con los primeros bautizos de hijos de colonos nacidos en
su «nueva patria», siendo los siguientes:
1. La Monclova, 26 de mayo de 1769.
Zeferino Manuel hijo de Antonio Smit y
Victoria Simena
Celebrante: Fray Nicolás del Espíritu
Santo, religioso mercedario
2. Fuentes, 19 de junio de 1769.
Ana hija de Juan Turnez y Juana Serman
Celebrante: Andrés Alonso del Corral, cura
de Santa María la Blanca
3. Fuentes, 10 de julio de 1769.
María Sabina hija de Francisco Sturmen y
Ana Pis
Celebrante: Cristóbal Hornilla Lora, cura
de Santa María la Blanca
4. Fuentes, 5 de julio de 1769.
María hija de Claudio Bubar y Bárbara
Lavit
Celebrante: Andrés Alonso del Corral, cura
de Santa María la Blanca
5. La Monclova, 8 de agosto de 1769.
Lorenzo Cayetano hijo de Martín Yanson y
Magdalena Studre
Celebrante: No lo cita
6. Fuentes, 31 de agosto de 1769.
Juan Bautista José de Santa María hijo
de Pedro Bris y Francisca Espon
Celebrante: Fray Juan Fernández, religioso
tercero de San Francisco
7. Fuentes, 31 de agosto de 1769.
José Francisco Pedro hijo de José Quellar e
Isabel Planderon
Celebrante: Fray Juan Fernández, religioso
tercero de San Francisco
8. Fuentes, 13 de septiembre de 1769.
Domingo José de Santa María hijo de Domingo
Nuel y Ana Arnan
Celebrante: Fray Juan Fernández, religioso
tercero de San Francisco
El primer
bautismo celebrado en la nueva Iglesia de la Purísima Concepción de La Luisana
tuvo lugar el día 20 de septiembre de 1769, y le fue administrado a la niña Ana
María Much por el sacerdote D. Manuel de Acosta y Vargas [17].
Como curiosidad, hacemos alusión a que solo los bautizos 2 [18],
3 [19]
y 4 [20]
antes enumeradas constan a su vez en el Archivo Parroquial de Santa María la
Blanca de Fuentes, coincidiendo con qué fueron los tres únicos bautizos realizados
por curas radicados en dicha iglesia.
Circunstancias
tales como la celebración de matrimonios mixtos con españoles, los movimientos
migratorios y el propio paso del tiempo, entre otras, han ido provocando que a
lo largo de los 250 años de historia de las Nuevas Poblaciones las diferencias –principalmente culturales– se
hayan ido diluyendo. Pero a pesar de ello, aún pervive el rastro
genético y se pueden encontrar descendientes de los colonos en las colonias,
donde no solo abundan los apellidos centroeuropeos, sino que también conservan
rasgos físicos característicos de las zonas de origen (piel clara, pelo rubio…),
e incluso gran parte de las Nuevas Poblaciones mantienen costumbres festivas
tradicionales de los países de los colonos, como la fiesta de los Huevos
Pintados que celebra Cañada Rosal cada Domingo de Resurrección o el llamado
Baile de los Locos, que se mantiene en Fuente Carreteros [21].
Hoy en
día, tanto en La Luisiana como en El Campillo y Cañada Rosal [22], se mantienen
algunos de los apellidos de los primeros colonos que los llevan descendientes
de aquellos nuevos pobladores, tales como Hans, Duvisón, Fílter, Legran,
Hebles, Rúger, Delis, Ancio, Bacter, Demans, Pígner, Uber, Pistón, Chambra o Balmont.
Como afirma José Antonio Fílter
Rodríguez [23], «la gran aventura que emprendieron las familias colonas que crean estos
pueblos hizo posible transformar territorios, caminos y baldíos fundando nuevos
enclaves urbanos con nuevas sociedades en las que valores como la
participación, el esfuerzo, la igualdad, la tolerancia, el respeto y la
solidaridad, impregnaron los inicios de este gran proyecto ilustrado,
convirtiéndose en sus más claras señas de identidad» [24].
Y desde la antigua villa señorial de
Fuentes de Andalucía, nos congratulamos y adherimos a la conmemoración de este
250º aniversario fundacional de nuestras nuevas poblaciones vecinas de La
Luisiana, El Campillo y Cañada
Rosal. «250 años de un gran proyecto
político, social, económico y cultural, pero sobre todo humano que transformó la
realidad de una tierra y de una gente. 250 años de historias personales y
proyectos colectivos. 250 años de vida» [25]. 250 años compartiendo la existencia bajo el sol de la
campiña sevillana, bajo un clima de tolerancia y entendimiento como vecinos y
ciudadanos de un mismo territorio, desde que a finales del siglo XVIII aquellos
hombres y mujeres cruzaron media Europa, cargados de esperanzas, para cambiar
sus vidas y construir estos pueblos con una singular identidad cultural.
Francis J. González Fernández
NOTAS:
1] Para profundizar en
la historia de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, consulte la
web: www.fuero250.org
2] FÍLTER RODRÍGUEZ, José Antonio. Las
colonias sevillanas de la Ilustración: Cañada Rosal, El Campillo y La Luisiana,
1767-1835. Cañada Rosal: Ayuntamiento; La Luisiana: Ayuntamiento, 1996,
págs. 63-65.
3] Ibídem, págs. 37-59. Reproducción literal del Fuero.
4] www.fuero250.org
5] PRIETO PÉREZ, Joaquín Octavio: Evolución
Demográfica de las colonias sevillanas de la Ilustración en el último tercio
del siglo XVIII. En: FÍLTER RODRÍGUEZ, José Antonio, coordinador. Actas IV
Jornadas de Historia sobre la provincia de Sevilla: Ilustración, ilustrados y
colonización en la campiña sevillana en el siglo XVIII (Cañada Rosal y Fuentes
de Andalucía, 16 y 17 de marzo de 2007). Sevilla: Asociación Provincial
Sevillana de Cronistas e Investigadores Locales (ASCIL), 2007, pág. 160.
6] FÍLTER RODRÍGUEZ, José Antonio. Orígenes y Fundación de La Luisiana, El Campillo
y Cañada Rosal (La colonización de Carlos III en la Campiña sevillana). La
Luisiana: Ayuntamiento, Delegación de Cultura, 1983, pág. 41.
9] CERRO
RAMÍREZ, Jesús. La villa de Fuentes (1578-1800). Fuentes de Andalucía:
Ayuntamiento de Fuentes de Andalucía, 2011, pág. 778.
11] OLLERO,
Francisco y QUILES, Fernando: Nuevas noticias sobre el proceso urbanizador de
las Nuevas Poblaciones: especialmente referidas a la construcción de Cañada
Rosal, La Carlota y La Luisiana. En: FÍLTER RODRÍGUEZ, José Antonio,
coordinador. Actas V Congreso Histórico sobre Nuevas Poblaciones: Las Nuevas
Poblaciones de España y América (La Luisiana-Cañada Rosal), Sevilla: Junta
de Andalucía, Consejería de Cultura, 1992, pág. 250.
18] (A)rchivo (P)arroquial) Santa
María la Blanca de (F)uentes de Andalucía. Libro
18 de Bautismos. Folio 296 vto.
19] A.P.F. Libro 18... en Op. Cit.. Folio
298 vto.
20] A.P.F. Libro 18... en Op. Cit..
Folio 299.
23] Investigador local, Cronista Oficial e Hijo
Predilecto de Cañada Rosal, Presidente-fundador de la Asociación Provincial
Sevillana de Cronistas e Investigadores Locales (ASCIL), miembro de la Junta
Rectora de la Real Asociación Española de Cronistas Oficiales y de la Comisión
Organizadora de los Encuentros de Investigadores Locales organizados por Casa
de la Provincia de la Diputación de Sevilla, Vicepresidente de la Comisión
Nacional «Fuero 250» y Coordinador General de las Jornadas de historia y
patrimonio sobre la provincia de Sevilla que cada año organiza ASCIL.
Es autor de varios libros y ha publicado numerosos artículos, ponencias y
trabajos en revistas, actas de jornadas, seminarios y congresos.
Mi enorme gratitud a mi amigo y compañero José Antonio Fílter, por cuanto ha
colaborado para la realización del presente trabajo.
24] FÍLTER RODRÍGUEZ, José Antonio: 250
aniversario de la fundación de las Nuevas Poblaciones de
Sierra Morena y Andalucía. Cañada Rosal. El último sueño ilustrado. En Feria
y Fiestas de San Joaquín y Santa Ana, Cañada Rosal, 2017, pág. 9.
25] Ibídem, pág. 10.
He llegado hasta aquí, buceando por la red. Dado que el marido de mi tía es descendiente de colonos de La Luisiana, su abuelo llevaba los apellidos "Hebles Duvisón". Un saludo.
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